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Aquellas Tardes Felices
Por el Anticristo (agosto 2004)
Momentos que parecen lejanos, instantes que
reviviría gustoso. Tiempos en que todo parecía posible.
Un calor primaveral en un otrora salvaje San Joaquín,
con risas femeninas que hacían imposible no ir a conversar a las
gradas de la clase de Montañismo, a pesar de la geometría y el cálculo.
Aires de vida que hacían irresistible las diatribas de nuestro idolatrado
maestro Lucero. Discursos y lecciones que eran aceptados sin más
y que se transformaban en verdades absolutas, como barreras de contención
de lo que debía ser nuestro comportamiento.
Con el paso de los años, todo se enfrió. Nuestras
vidas, el campus y también sus mensajes, aunque uno de ellos todavía
se resiste a caer.
Como olvidarlo. Basta que cierre mis ojos y ya me
parece verlo, parado en frente nuestro, escuchando su irresistible
voz ronca, diciéndonos la sentencia que lo identificaría por siempre:
“Todos los accidentes en montañismo, ¡todos!, se deben a fallas
humanas”.
Errar es Humano
Yo me lo creí completamente.
Y no sólo eso. En persona me encargaba de pontificar
con ella a las masas ignorantes. Parecía perfecta, imbatible. En
su forma y fondo.
Por un lado (forma), en todo accidente se podía
encontrar una falla en el lado humano de las cosas. Por otro (fondo),
hacía un constructivo énfasis en lo importante que era nuestro juicio
a la hora de tomar decisiones, como una herramienta para encauzar
destinos en una actividad esencialmente compleja.
Si un excursionista había caído a una quebrada,
había sido por distraído y no porque el terreno hubiese estado resbaladizo.
Si una cordada haciendo randonés invernal era arrastrado por una
avalancha, la falla habría sido estar en el lugar y la hora equivocada.
Si un escalador regresaba del Himalaya con tres dedos amputados,
el culpable no era el frío, sino que él, que había ido demasiado
lejos, demasiado tarde, demasiado lento.
¿Ven? Funciona. Hagan la prueba. ¿Piedra destrozando
un cráneo? No tenía el casco puesto. ¿Tormenta atrapando a un grupo?
Debieron devolverse antes. ¿Anclaje que se sale? No sabían colocar
los clavos. ¿Se perdieron en el Provincia? Olvidaron el GPS.
Así, de esta forma, en cualquier incidente podrán
encontrar el desliz humano. Y si dan con casos extremos en que la
regla parece fallar, serán tan pocos, comparativamente hablando,
que más que contradecirla sólo la reforzarán.
Traidor
Pero con los años la frase me empezó a incomodar.
Mientras más observaba cómo el tiempo nos acarreaba tragedias, más
fundamentalista me parecía la actitud de repetir el concepto sin
esforzarse en contrastarlo con lo que estaba ocurriendo. Tal vez
no era del todo cierta; quizás había otras consideraciones. Ante
la duda, dejé de usarla, pero, luego, tras más tristezas y dolores,
derechamente me cambié de bando y comencé a criticarla.
Según yo, el gran problema con ella es que no daba
cabida a la naturaleza intrínsecamente riesgosa que el montañismo
tiene. Se construye sobre la riesgosa premisa que todo depende de
nosotros, que podemos controlar los eventos, ¡qué el azar no existe!
Estupendas afirmaciones para charlas motivacionales, pero falsas
a la hora de entender como el universo funciona.
Lamentablemente, a pesar de esta seria falencia,
y al igual que toda aseveración tajante venida de gurües-habitúes-televisivos-considerados-expertos,
la frase en cuestión ha sido tomada y usada majaderamente por los
medios de comunicación, desde donde no ha tardado en plasmarse en
la mente del público general como una verdad absoluta.
Por eso no sorprende que, cuando ocurre una desgracia,
empiece una cadena de torpes e injustos silogismos: ¿Accidente?
¡Falla humana! ¡¿Hasta cuando?! ¡Basta de negligencias! ¿Dónde están
los responsables? ¿Quién tuvo la culpa?
Depende, Todo Depende
La frase tiene otras implicaciones de las cuales,
quizá, es inocente, pero que son tomadas como dogma por sus defensores.
Por ejemplo, sesga a quien la usa. Porque hace rotular
tajantemente las decisiones de los involucrados como correctas o
erróneas, riesgoso análisis ex-post que no entrega espacio
a los abundantes matices que el montañismo posee.
A diferencia de la ciudad, donde siendo muy simplistas
podemos decir que los eventos tienden a ser regidos por leyes determinísticas,
en la montaña actúan más bien directrices probabilísticas (octavo
lema del Anticristo).
Una persona “normal” sabe que cruzar una intersección
con luz roja es algo incorrecto (por no decir estúpido). Lo sabe
antes de hacerlo, al igual que matar, robar y cualquier otra acción
que una sociedad determine como malas.
Pero en montaña no es clara la distinción; no tienes
reglas tan absolutas. Todo depende. A lo máximo que un grupo de
alpinistas puede aspirar es a sopesar, de la mejor forma posible,
las probabilidades de los eventos que los circundan. Y luego actuar
en consecuencia.
Visto así, no siempre es justo asignar la responsabilidad
de un accidente a un “error” cometido por alguien. Tal vez esa persona
se vio enfrentado a un abanico de confusas opciones (si nos vamos
por aquí puede que nos atrape la tormenta, pero por acá caen avalanchas),
después de lo cual no sería justo decir que alguien cometió un fallo.
El Error de Perder
Eso no es todo. La frase confunde lo que es riesgo
asumido con error.
Usemos el ejemplo de una travesía invernal en randonés.
Supongamos que se internan en un valle andino y una avalancha los
sepulta, resultando todos muertos.
Empleando la típica forma de desmenuzar la situación
(precisamente la que aquí estoy combatiendo), tendríamos que decir
que la causa del accidente fue la errónea evaluación que el grupo
hizo de las condiciones del terreno. Es decir, falla humana.
Sensato análisis.
Que se revela como estupidez velada al darnos cuenta
que no considera que los integrantes sí sabían que había cierto
riesgo de avalanchas ese día a esa hora. Lo que pasa es que, sea
por la razón que sea (competencia deportiva, necesidad de evacuar
a un herido, imposibilidad de seguir otra ruta), igual tomaron la
decisión de entrar porque la información que tenían en ese instante
les hizo creer que sí podían hacerlo.
Murieron, pero ¿fue un error?
¿No sería mejor decir que fue sencillamente el resultado
de un riesgo asumido?
Tomen el caso de un jugador de ruleta rusa. ¿Sería
correcto decir que el perdedor cometió un error sólo porque apretó
el gatillo y resultó con la bala ganadora? ¿No es más acertado decir
que perdió? (y, claro, terminó con la tapa de los sesos destruida).
Tal vez el tipo cometió el error de formar parte
de tal macabro desafío, pero eso ya es cebada para otro canasto,
porque, si aceptó participar sabiendo en lo que se metía, ya recibir
la bala era parte del juego. No una falla de su parte.
Nadie comete un error por elegir el boleto perdedor
de la lotería.
A Luchar por la Justicia
En aras de ofrecer una explicación más fluida, esta
vez a propósito he simplificado los ejemplos y no me he ido en la
discusión inmediata de todas las situaciones posibles.
Efectivamente hay casos en los cuales existen negligencias,
errores e imprudencias. El hecho de no haberme referido a ellos
no significa que no existan en números relevantes a la discusión,
sino tan sólo que hoy no eran el tema central.
Otra consideración a tener en cuenta es que es obvio
que no todos los montañistas acometen una actividad sabiendo en
lo que se meten. Muchos no poseen suficiente experiencia, no se
documentan, o bien son derechamente irresponsables. Es decir, no
saben que no saben, razón misma que los lleva a meterse en líos.
También debe quedar claro que yo no me opongo a
hurgar en los hechos que terminan en tragedias. Todo lo contrario,
creo que es constructivo hacerlo. El problema es que, normalmente,
en dicho proceso, se parte asumiendo que hubo culpables, lo cual,
aparte de erróneo, es injusto para los involucrados.
Un Problema de Definición
Después de todo lo dicho, ¿es o no correcta la frase
de Maese Lucero?
Bueno... sí... no... depende...
Al final es un problema de definición. ¿Quién entiende
qué por “error”? ¿O por “accidente”?
Si se toma la frase en forma literal, es obvio que
es correcta, pero casi por definición, porque, para que tengamos
un accidente, debe haber algún humano involucrado (ni modo de echarle
la culpa a las focas).
Pero, usando mis reflexiones como base (que se pueden
resumir en un nuevo lema, el noveno: “no siempre los accidentes
en Montañismo se deben a errores humanos”), yo considero que la
sentencia es ignorante (desconoce el hecho que el riesgo forma parte
del juego), injusta (no da cabida a los matices) y equivocada (al
confundir riesgo asumido con error).
Por todo lo dicho, no puede ser verdad. Ergo, si
ustedes gustan, debe ser una mentira. O, mejor todavía, un
mito.
Uno más de los miles que zumban a nuestro alrededor.
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