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Todo Tiene Un Costo
Por el Anticristo (1 julio 2003)
Incómoda Reflexión
La muerte.
¿Has pensado alguna vez en ella?
Sí. Aquel momento en que nuestro sistema
orgánico colapsa y nosotros dejamos de ser lo que somos.
¿Has imaginado como será? ¿Cómo cambiarán nuestros
pensamientos? ¿Habrá dolor? ¿Tendremos pena? ¿Remordimientos? ¿Desazón?
Puedo entender los mecanismos atávicos que aún
existen en nosotros y que preceden a este misterioso momento. Por ejemplo,
identificar la adrenalina vertida de súbito en el torrente sanguíneo que nos
hace huir desesperadamente de una avalancha en ciernes. O las endorfinas, que
nos dan instantes de paz pese a que escuchamos cómo se van rompiendo nuestros
huesos, uno a uno, a medida que caemos por el último precipicio de nuestras vidas.
Pero después, ¿qué vendrá?
¿Un estado eterno de inconsciencia absoluta
del cual nunca saldremos? ¿Una especie de no-ser donde el tiempo no significa
nada? ¿O entraremos sin dilación a la dicha gloriosa de la comunión universal,
sintiendo el placer infinito que resulta de experimentar el amor de Dios?
No lo sé. Nadie lo sabe.
Pero moriremos. En una sucia megápolis o en
algún valle fluvial de quizás qué olvidada cordillera.
Tarde o Temprano.
Incómodas Preguntas
La reflexión anterior sólo es un ejemplo. Un
ejercicio mental.
Un posible punto de partida para un análisis
más profundo que todo montañista debiera hacerse constantemente, porque
gústenos o no, la muerte forma parte de este juego.
No sólo como la amenaza habitual subyacente
que afecta a todos los hombres por igual, sino que como una componente mucho
más tangible debido al mayor nivel de riesgo que tiene nuestra disciplina. Esta
"amenaza" llega a ser tan real, que cerrarse a hablar de ella, como
hace la mayoría de los montañistas, no parece ser una actitud muy inteligente.
Por el contrario, meditar acerca de nuestro
fin es ganancia neta. Porque da perspectiva, nos hace más sagaces y redunda en
una mejor calidad de vida cuando proyectamos las conclusiones a nuestra
existencia.
Si reflexionar es el molesto primer paso, el segundo
también es algo incómodo: preguntarse. ¿Estás consciente que haces
algo arriesgado? ¿Has sopesado adecuadamente lo que eso significa?
¿Escalas temerariamente aún a sabiendas que tienes una cara inocente
esperando por tu regreso? ¿Soportarías ver el cerebro de un amigo
reventarse en el suelo? ¿Podrías confrontar a los padres de tu novia,
fallecida por un error que cometiste? ¿Vale la pena morir por una
montaña? ¿Por un sueño?
¿Realmente te importa tu vida?
A Ti Te Hablo
En general, los adultos que todavía practican
montañismo ya tienen bien interiorizado este asunto. Ya sea porque
han visto morir a varios de sus compañeros, porque han sufrido accidentes
propios que los han dejado con cicatrices, o porque ya tienen esposas,
madres o hijos a los cuales cuidar.
Por eso, todo este asunto de reflexionar
acerca de la Muerte y responder preguntas incómodas, está especialmente
dirigido a aquellos jóvenes que calzan con el estereotipo del deportista
invencible, ambicioso, intolerante. El Montañista Alfa.
Los conozco bien. Yo era uno de ellos.
Dueños de sí mismos. Poseedores de un poder
interno que apenas pueden controlar. Impacientes por liberar todas sus energías
en pos de la conquista. Ellos no pueden morir, no señor, porque en ellos existe
la llama de la victoria eterna y porque ellos son el relevo dorado de la
genialidad de quienes les antecedieron.
Sí. Claro.
Hasta que se caen, se hieren, se fracturan, se
matan. En miles de accidentes diversos que cortan de raíz vidas plenas y quizá
ejemplares. Y si quedan vivos, generalmente es demasiado tarde para que
recapaciten y calibren mejor las cosas.
Si hubieran meditado un poco antes, talvez no
habrían evitado su fin, pero sí hubieran enfrentado el desafío con mayores
probabilidades de sobrevida, lo cual a veces es suficiente para hacer la
diferencia entre regresar y no.
El Costo de la Ambición Humana
Toda esta negra cháchara no debe dejar la
impresión que es mejor quedarse en la casa o bien que el Montañismo trata
acerca de la Muerte.
No. Lo opuesto.
Primero, la idea es seguir haciendo cosas. Pero
la gracia está en hacerlo con inteligencia, reflexivamente, sin
matarse en el intento aunque existan riesgos. Y, segundo, Montañismo
no es acerca de la Muerte. Todo lo contrario; es acerca de la vida
y de la forma como la encaramos.
Vivimos en una época donde el mundo es más
pequeño y se ha quedado chico para la ambición humana. Pero, dentro de él, el
Montañismo se ha revelado como una vía de escape, una formidable herramienta
para continuar la aventura mientras esperamos por nuevos espacios.
Pero hay un costo.
Es peligroso. Intrínsicamente arriesgado, más
de lo que una persona promedio enfrenta. Podemos morir al practicarlo. Por un
error nuestro o por el azar. Y que quede claro. Sin azúcares. De llegar a
ocurrir, será una muerte fea, horrible, trágica, asquerosa, que causará
conmoción, recriminaciones y deudas.
¿Estás consciente de esto?
Entonces, mi joven y talentoso escalador,
empecemos de nuevo.
La muerte.
¿Has pensado alguna vez en ella?
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