|
Tras la Cresta de la Ola
Por el Anticristo (julio 2010)
Es invierno, el avión deja de moverse y la voz del capitán le confirma, como si no lo supiera, que finalmente ha llegado.
Por fin.
Y ahora a disfrutar. Tres meses fuera de casa y regresa con un tremendo éxito en sus espaldas, sabiendo que en la terminal estarán decenas de personas esperando por él. Claudio Jodan-Bressler. El más grande montañista nacional de todos los tiempos.
Imposible controlar la emoción. Se siente como un nuevo Prometeo; un Titán moderno que concita envidia y admiración; alguien que trae luz e inspiración a muchos. ¿Cómo no sentirse feliz así?
Tras salir de la Aduana, adonde sólo por ser él no le escanearon los dientes, estalla la fiesta. Abrazos, gritos, saludos y aplausos. Jodan-Bressler abraza a su hijo, a su señora, a la mamá y también a la amante. Un auspiciador le da la mano y le planta un jockey en la cabeza con el logo de la compañía. Qué sólo dura hasta que el otro espónsor llega y se lo cambia por el suyo propio. Mientras, los periodistas se agolpan y Jodan-Bressler contesta preguntas en modo automático. Sí, fue una montaña difícil; no, no le deseas mal a Maurice del Curto; sí, es verdad, lo hiciste por Chile.
Sólo después de una hora la tensión afloja y logra retirarse con sus más íntimos a la verdadera celebración; al gran asado que le espera en la casa de su cuñada. Allí las sensaciones se amplifican aún más. Todos lo escuchan, todos lo miman, todos lo acogen. Y le cuentan cómo en su ausencia la vida ha cambiado, con varios muertos, otros tantos separados y por lo menos media docena más de niños jugando y dando vueltas en torno a la mesa (no está seguro cuál pertenece a quién). Y se calla para sí el pensamiento que menos mal que andaba viajando cuando la vieja tía Naftafrina se quebró la cadera, pues hubiera tenido que trasladarla a Melipilla, poner un cheque en blanco y esperar seis horas por ella.
Hasta que en algún momento de la noche, todo se acaba. Se le permite irse y Jodan-Bressler termina desplomado sobre su cama pensando que lo ha logrado.
Que está en la cúspide de la ola. Y que ahora sí, nada ni nadie podrá sacarlo de ahí.
Milagros Dolores
En los días siguientes la excitación continúa. Por tener mujer, cama, baño y refrigerador a gusto. Por las llamadas telefónicas que recibe y de las subsecuentes alabanzas. Por sentirse especial y diferente, alguien ajeno a las mundanas y tontas preocupaciones que afligen a los pobres terrícolas.
Hasta que al final de la primera semana, casi por casualidad, chequea el saldo de la cuenta corriente. Y, ayayay. Ave María Purísima sin pecado concebida. ¿Tan poco tengo? ¿Qué no era el triple? ¿Y de dónde salió este cobro? Con*** t* m****. ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo pago lo que se me viene?
Bienvenido a la realidad.
Aterrizaje empeorado por el hecho que Jodan-Bressler tuvo en su momento que abandonar su trabajo para irse a la expedición, por lo que no tiene ninguna opción real de producir pronto. Y como lamentablemente las palmadas, los aplausos y las alabanzas son gratuitas, se da cuenta, sintiendo un gran dolor en el pecho, que le guste o no tendrá que comenzar a buscar trabajo. ¿Otra vez? Sí. ¿Yo? ¿El llamado a liderar el nuevo mundo? ¿De nuevo disfrazado de asalariado? ¡Qué horror! Ponerse terno, lustrarse los zapatos y afeitarse los pelos de la nariz. ¡No, los pelos de la nariz no!
El ciclo parte suave. Un día domingo para ser más preciso, cuando compra El Mercurio y lee completo los avisos del Cuerpo E. También desempolva su currículum y comienza a hacer los llamados habituales para comenzar a tejer su red de contactos. Sobrellevando estos amargos momentos diciéndose a sí mismo que está por llegarle otra invitación para una nueva expedición y que así podrá zafarse elegantemente del embrollo. De acuerdo, sin solucionarlo, pero postergándolo tanto como se pueda.
Durante los días siguientes sus postulaciones laborales agarran ritmo, pero aún así nada. No llega ni un sólo resultado concreto, dándole un aire de emergencia a la situación. Y cuando al final de la tercera semana tiene que pagar la Isapre y la cuenta de luz y la del cable y la del celular y la de las donaciones al Hogar de Mahoma, María Copula y Word Vision Around the World... se da cuenta, sin ningún lugar a dudas, que está tostado. Que el milagro no va a ocurrir. Que ahora sí no hay escapatoria. Qué ahora finalmente ha tocado fondo financieramente y ya no hay más salida que ponerse de verdad la corbata.
Pues en realidad nadie dura mucho en la cresta de la ola. Tarde o temprano ésta termina por botarnos.
Depresión, Dignidad
Durante las siguientes semanas las entrevistas se suceden y la rutina de mentir se establece. Sí, es un empleado comprometido; no, nunca más se irá de expedición; sí, desea permanecer mucho tiempo en la empresa; no, no le molesta trabajar 12 horas diarias; sí, ama realizar horas extras; no, jamás se toma más de una semana seguida de vacaciones; y que sí, por supuesto, trabajar es su vida, lo que lo define, donde se siente realizado.
Pero dar con empleo se revela más lento de lo que necesita y el humor de Jodan-Bressler se va resintiendo irreversiblemente a medida que las cosas no salen. Primero cuando comienza a usar a full su capacidad de deuda, luego cuando ha de estirar al máximo las compras con el pago en cuotas, después por las interminables discusiones con su señora por la situación de irresponsabilidad en la qué él, ¡sí, él!, ha colocado a toda la familia. ¿No le habían dicho que no se fuera? ¿No le habían advertido que pensara más en su futuro? ¿Qué hasta cuándo iba a seguir viviendo como adolescente? ¿Qué cuándo iba a madurar y seguir el camino y las expectativas que se tenían de él? Bueno, ahora ¡asuma no más señor!
La presión llega a ser insoportable y comienza a producir el efecto clásico: evasión. Lo que explica porque tras cada entrevista y posterior desengaño, cuando le avisan que no es el elegido, lo único que desea es irse rápido a su casa y recostarse sobre el sofá a ver televisión por horas, tapado con una frazada para no sentir frío. Para así evitar pensar.
En esos días además deja de contestar el teléfono. Total, ¿para qué? Las alabanzas que siguen llegando no sirven de nada, pues hablan del pasado y nada del futuro. Y deja de hablar con la familia. Total, ¿para qué? Si no hay gracia alguna es las historias cotidianas que le cuentan, tan planas que le sorprende que ellos mismos no se den cuenta de lo aburridas que son.
Para peor, engorda. Y luego, al sentirse tan pesado, menos motivación encuentra para retomar los entrenamientos, agravando aún más la ya grave pérdida muscular acumulada. Sintiéndose feo y torpe, no sorprende que empiece a rechazar las invitaciones a charlas, pues le es imposible estar a las alturas de las expectativas que la gente se está haciendo de él.
Despertase en la mañana es un suplicio. Y cuando lo hace, igual sigue en la cama sin moverse, con los ojos cerrados, haciéndose el dormido, dejando que su señora se levante. Alargando ese momento de tranquilidad, postergando la tragedia de vivir una vida que ya no es la suya, sino una que le fue autoimpuesta.
En ese estado de abatimiento, apatía e incluso, por qué no, masoquismo, es obvio que tarde o temprano llega el momento de sincerarse. Y admitir que no puede volver a trabajar. Qué ha llegado a un punto desde el cual ya no hay retorno. ¿Cómo esperan que se pueda sentar de nuevo por horas y horas enfrente de un escritorio, al lado de miles como él, haciendo todos lo mismo? ¿Sin hacer nada que tenga sentido? Qué regresará apretado a más no poder en medio de millones cómo él, corderos y vacas con jalea en el cerebro, sabiendo que el mañana será igual. Qué no habrá cambios por los siguientes 40 años multiplicado por 344 días.
Pero él quiere volver a sentir esa maravillosa y adictiva sensación de libertad absoluta. Quiere todavía poder vivir la excitación, la aventura, la libertad. Quiere expresar al máximo su espíritu rebelde. Quiere darle expresión total a su pasión. Y si no puede hacerlo, si realmente llegó a la última y definitiva calle sin salida, entonces, para eso, mejor prefiere terminar el suplicio y dar un paso al costado.
De una manera digna, propia de lo que su vida había sido hasta ese instante.
Nieva y Yo Canto
Un frío día de Julio Jodan-Bressler arma su mochila por última vez, una en la cuál ahora sí que cabe todo.
Se viste con su mejor tenida y sale en silencio. Sin el jeep, innecesario hacia donde va. En una vieja y destartalada micro se adentra en la cordillera. Se baja en un punto cualquiera a pesar de la incrédula mirada del chofer. Sin dar tiempo a arrepentirse, y mientras nieva profusamente, Jodan-Bressler se interna por siempre en aquellos parajes que el ideario popular considera desconocido, pero que para él fueron y seguirán siendo el único lugar que llamaría hogar.
Cinco metros más tarde, ya nada se puede ver de él.
Pronto la nieve tapa las únicas huellas que interrumpen el parejo blanco de estas frías y desoladas pendientes de nuestro invierno andino.
|