Anticristo: ¿Delete Y/N?
La Columna del Anticristo
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¿Delete Y/N?
Por el Anticristo (septiembre 2010)
Tirado en la cama mirando el techo. Sin ganas de hacer nada. Sabiendo que hay que levantarse; y luego ir al baño. Y después vestirse de una manera apropiada, esfuerzo irónicamente inútil pues eso no hace más que desnudar una figura que no para de envejecer.
Sabe que debe romper el circulo vicioso. ¡Tiene que hacerlo! Pero no puede. No hay energía para llevarlo a cabo. Se ha rendido. Quiere seguir durmiendo pues en los sueños es libre otra vez, escapando de la trampa de vida que ha construido. O que otros construyeron por él.
Y sigue mirando el techo; esforzándose tan sólo en sobrevivir el siguiente segundo. Y luego otro. Y otro más. No hay mayores pretensiones. Sólo vivir un segundo. Y dos. Y tres. Queriendo gritar, y llorar, y darse de golpes de cabeza en la muralla. Deseando que el teléfono suene. Que alguien lo llame. Que alguien lo ayude.
Así ya pasa un minuto. Y se calma.
Quizás, después de todo, pueda llegar al final del día intacto, dejando el suicidio para mañana.
La Pereza Ayuda
Tema incómodo. Suicidarse. Inmolarse. Quitarse la vida.
Pero lo ocurrido con Jodan-Bressler en la columna pasada no es ficción absurda, puesto que aunque no se admita, y podría apostar mi estadía en el Purgatorio a que estoy en lo correcto, el 99.9% de los seres humanos se ha planteado el suicidio alguna vez; al menos teóricamente.
Y siguiendo con las apuestas, es más, no creo exagerar al decir que una porción significativa de estos que han pensado (o siguen pensando) en el suicidio, sencillamente no lo han llevado a cabo porque no hay una forma “fácil” de hacerlo. Pues una cosa es decidir intelectualmente que se desea acabar con la existencia, pero otra muy distinta es estar dispuesto a pagar el precio que se exige para concretarlo. Se quiere que el método sea fácil, barato, indoloro y lo suficientemente infalible como para que no queden secuelas si algo falla, pero no lo suficientemente infalible por si acaso alguien se da cuenta de lo que está ocurriendo y pueda traernos de vuelta.
Claro, pero normalmente no es así. O bien buena parte de las formas para acabar con nuestra vida generan sangre y dolor, o bien requieren preparativos aún tanto más deprimentes que al final el mismo suicida opta por detenerse.
O sea, en resumen, aunque se niegue, muchos lo piensan y bastantes no llegan hasta el final sólo porque son cómodos.
Los Números Importan
Las causas por las cuales una persona decide quitarse la vida son múltiples. Van desde aquellas debidas a enfermedades mentales (depresión, trastornos bipolares, esquizofrenia), decisiones tomadas no en plena facultades (por ejemplo, bajo el consumo del alcohol o las drogas), fácil acceso a medios letales (cómo decía yo antes), el contexto socio-cultural (en familias con antecedentes de suicidio el riesgo es cuatro veces mayor), traumas del pasado (sexuales, conductuales, sicológicos), comportamientos impulsivos (por ejemplo, al sorprender a alguien amado haciendo algo malo, malo, malo), la certeza que ya se ha alcanzado la cúspide y ahora todo es cuesta abajo (que era el caso de Jodan-Bressler) o incluso aquellas conceptuales derivadas del humanismo existencial, donde después de la muerte sólo está el vacío y la nada, pues vivimos en un Universo vasto donde el amor es una casualidad y no hay propósito alguno.
Pero, sea la razón que fuese, si se miran las cifras, estas llegan a asustar.
Por ejemplo en Chile la tendencia al número de suicidios anuales, en término absolutos, es al alza (en 1981, 694; en 2003, 1.371), pero más preocupante es que la proporción con respecto a la población total también se ha elevado (en 1990, 5.6 por 100 mil; en 2005... ¡10,3! ¡el doble!), que la región con mayores tasas de suicidios es la de Aysén (22.5 por 100 mil), que la menor es la de Coquimbo (7 por 100 mil), que afecta principalmente a los hombres (6 veces más) y que, a pesar de lo que podría pensarse, a partir de los 20 años la tasa de suicidios es la misma para cada grupo etario (rondando el 14 por 100 mil).
Eso es en Chile. En el mundo, la tasa de suicidios más alta está en Lituania (43 por 100 mil, 4 veces la de Chile), seguido de Letonia (42), Hungría (37) y Rusia (31). En la Unión Europea desaparecen 58.000 personas por año, mientras que en el mundo podría decirse que la cifra supera el millón, mucho más que las que, por ejemplo, se producen por los accidentes de tránsito o los conflictos bélicos... ¡ambas causas sumadas!
Si además se toma en consideración que se estima que por cada suicidio consumado, hay entre 10 y 20 intentos previos (supuestos de la Organización Mundial de la Salud), entonces eso significa que hay una muerte por suicidio cada 40 segundos y un intento cada 3. O sea, desde que Ud. estimado lector comenzó a leer este artículo, ya hubo 6 suicidios y 80 intentos.
Los Sacramentos Todo Lo Pueden
Meditaciones más, meditaciones menos, al final el suicidio continúa representando aún hoy una paradoja. ¿Cómo puede ser la vida tan preciada, pero al mismo tiempo tan mezquina que obligue a muchos a escapar de ella? ¿Qué ha de ocurrir para que alguien, habiendo recibido el don más preciado, vivir, decida dejarlo de lado?
Y aquí es donde surge la vieja discusión. ¿Los suicidas deberían ser tachados de cobardes porque han tomado la salida fácil? ¿O más bien valientes pues han podido llegar hasta el final, venciendo todos los miedos, incluso los atávicos?
La Iglesia Católica, por ejemplo, los considera pecadores, algo interesante de observar porque al parecer la Biblia no hace juicios de valor sobre estas acciones. La razón radica en otra parte, y esta es que la Iglesia Católica enseña la doctrina de que uno es salvo por sus obras y específicamente por medio de los sacramentos. Pero la persona que se suicida no los recibe y, por ende, no puede ser salva, lo que significa que pasará su próxima vida en el infierno. Argumento que llevaba a que, por ejemplo en la Edad Media, incluso los familiares del suicida eran echados fuera del pueblo y mantenidos en el exilio.
El perdón todo lo puede, pero lo anterior no ha cambiado hasta el día de hoy. La Iglesia Católica sigue considerando al suicidio como un pecado terrible, un acto de egoísmo, una tragedia cruel para la familia y totalmente en contra de la voluntad de Dios. Pero, como cualquier otro pecado, no importa que tan escondido esté, es perdonable y capaz de ser cubierto por la sangre de Jesucristo.
Amen.
Incómodas Preguntas Correctas
Ahora, ¿por qué hablar de este tema aquí, una columna evidentemente dedicada al alpinismo?
Puesto que una verdad a gritos de la cual nadie todavía se ha hecho cargo es que una parte relevante de estos suicidas trata de quitarse la vida internándose en los ambientes de montaña. O bien explícitamente (dejando algún mensaje atrás), o sencillamente yéndose sin decirle nada a nadie a ese magnífico escenario que para muchos es el perfecto para despedirse de la vida.
En Chile no hay datos para poder dimensionar esta situación (en realidad, no hay estadísticas de nada), pero buscando en Internet algo de lo cual agarrarme, encontré un dato antiguo, cuestionable si gustan, pero que nos permite introducirnos. Según la organización Suicide Area Regional Effort, al 25 de abril de 1986, 7 de cada 10 suicidios en los Estados Unidos habían ocurrido en un área montañosa. Lo cual es obvio que no ocurre en Chile, pues eso significaría que 900 chilenos estarían siendo retirados de nuestros ambientes de montaña en una bolsa cada año. Algo impensable.
Pero por otro lado, está el hecho que nadie tampoco en realidad sabe cuántos de nuestros accidentes fatales ocurridos en los últimos años corresponden en realidad a suicidios. Famosos incidentes que históricamente han sido relatados como debido a inesperadas tormentas o caídas imprevistas, es más que probable que hayan sido suicidios encubiertos. Cuestionamientos casi imposibles de responder debido a que en las investigaciones posteriores nadie ha querido hacer las preguntas correctas, y, aparejado con ello, todos naturalmente prefieren ocultar o mentir acerca de los detalles que podrían revelar la “verdad”.
Es entendible. A ningún familiar le gustaría llegar a admitir que la vida de su hijo o hija era tan miserable que prefirieron terminar con ella.
En fin, en concreto, la situación es tan nebulosa que en mis registros sólo tengo 2 eventos realmente “confirmados” como suicidios, ocurridos en nuestros ambientes de montaña en los últimos 110 años: el de la niña que lo hizo en el refugio Alemán de Lo Valdés en la década del 90 y María Benavides en el Provincia hace algunos años atrás.
Obviamente hay más.
Eternas Preguntas Correctas
¿En qué quedamos?
Bueno no mucho. Lo lamento. Porque hoy no hay respuestas. Sólo preguntas. Y miedo. Cuestionamientos para entender lo duro que puede llegar a ser la vida. Y miedo por lo que hay más allá.
¿Qué será de aquellos que nos han dejado? ¿Dónde estarán ahora? ¿Pensarán? ¿Tendrán el don de la existencia? ¿Habrán encontrado la paz y amor que tanto buscaban? ¿O sólo desaparecerán, difundiéndose su conciencia en el vacío por siempre jamás, llevándose en ella sus sueños, ambiciones y sentimientos?
¿Perdiéndose en la nada; pues siempre fueron nada?