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Sin Excusas
Por el Anticristo (15 mayo 2003)
Ying-Yang
El montañismo deportivo tradicional, clásico,
aquel que considera la cumbre cómo el verdadero punto de la felicidad infinita,
posee un eterno kharma con el cual debe lidiar.
En un ascenso, el resultado se mide sin
términos medios: o se tiene éxito o se fracasa. No hay espacio para áreas
grises. Si llegaste a la cumbre, triunfo; si no, derrota.
¿Valoración improcedente? Puede ser. Además de
incompleta y cruel. Pero, gústenos o no, es lo que a la gente le queda.
En otras áreas no necesariamente es así, especialmente
en Chile donde los deportistas actúan en desventaja frente a los
profesionales del resto del mundo. Por ejemplo, en el atletismo,
donde en alguna final mundial nuestros corredores podrían
llegar en posiciones secundarias y aún así no se les
vería como un fracaso, porque sólo se les está pidiendo
que mejoren sus marcas.
Por supuesto que la crítica periodística,
al verlo de esta manera, está incorporando una variable de
evaluación ajena al rendimiento deportivo neto, como reconociendo
que no es justo que nuestros representantes sean comparados con
la misma vara que utilizamos con los superatletas de los países
desarrollados. Pero esto no sirve para el Montañismo. Para bien
o mal, de la misma manera que la figura de hombres coronando una
cima es el estereotipo del éxito, el retorno sin ella es la figura
clásica de la derrota, sin importar si lo mismo les pasó al resto
de las expediciones que estaban con nosotros o si nuestro fallo
se debió sencillamente a la mala suerte.
Lo anterior es así. No cambiará. Si lo saco a
colación ahora es sencillamente porque ayuda a entender porque es
tan difícil para los montañistas manejar el tema del fracaso.
La Verdad que Escondemos
La palabra es fuerte. Fracasar.
Duele. Quema por dentro. Tan poderosa fuerza es,
que nos puede llevar al extremo de actuar de manera vergonzosa y
decir cosas de las cuales después nos arrepentiremos, especialmente
si la actividad en la cual hemos estado involucrados tiene algún
grado de exposición pública.
No es fácil dar la cara y esgrimir explicaciones.
Ya sea a un periodista, un auspiciador, a tus amigos o a tus seres
queridos. A veces será en una conferencia de prensa; en otras ocasiones,
acompañado de una cerveza en un pub.
Por eso es que, estando en una situación
como esa, es tan tentador disfrazar un poco la verdad. Tan sólo
un poco. Nada escencial. Algo así como maquillar los hechos,
silenciar cosas o darle fuerza a argumentos que en realidad en la
expedición misma fueron absolutamente irrelevantes.
¿Alguna vez te has detenido a analizar en las
excusas que se dan cuándo un grupo o cordada regresa sin la cumbre?
Qué el clima, la comida, el amigo, la avalancha, la infección estomacal,
el Viagra o la Janis. Pero muy pocos dicen, “tuve miedo”, “me cansé”,
“es más de lo que creía”, “lo organizamos mal”, “no entrené” o “me
bajó la angustia”.
Lo anterior es una contradicción evidente, porque
está comprobado que, en la mayoría de las ocasiones, los ascensos
fallaron sencillamente porque sus integrantes no estaban a la altura
de las circunstancias. No es que fuesen malos deportistas o no supieran
escalar, sino que en ese instante, ese grupo, no dio la talla. Se
aburrieron de seguir, no estaban en su día, les dio pánico el largo
de cuerda o venían tan cansados que agradecieron que el viento incrementara
su potencia en ese instante, dándoles así una excusa apropiada para
bajar.
Y, ¡oh! Maestro, yo también he pecado.
El Primer Lema del Anticristo
Admitir el fracaso.
A secas. Sin apellidos, disfraces, excusas o
justificaciones.
Porque debemos asumir de una vez por todas
que, tal como el resto del mundo entiende las reglas de nuestro juego, si no
llegamos a una cumbre, es automáticamente no-éxito, es decir, derrota.
Esta actitud no es mediocre, no aplaca nuestro
rendimiento, no nos hace más débiles, ni tampoco significa cobardía.
Todo lo contrario. Nos ayuda a aprender de nuestros errores para
no volver a repetirlos. Además que quien enfrenta la adversidad
y da la cara honestamente, demuestra carácter y un alma humilde
que denota nobleza de espíritu.
En una disciplina que ha demostrado hacer
pagar cara, muy cara, la soberbia y la arrogancia.
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