Anticristo: La Fogata Nuestra De Todos Los Días
La Columna del Anticristo
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La Fogata Nuestra De Todos Los Días
Por el Anticristo (noviembre 2003)
Aquella Extraña Comunión
Hasta hace no mucho tiempo atrás, cuando acampábamos, la llegada de la noche era esperada con alegría porque era sinónimo de comida, de relajo y de, por supuesto, una fraternal convivencia en torno a una fogata.
Recolectar la leña, ubicar un lugar, ¡encenderla!, eran tareas clásicas, un verdadero ritual. Seguidas después por la cena y una conversación que intentaba arreglar el mundo. Siempre sin poder quitar la vista del fuego, esa compleja reacción en cadena que nos ponía en comunión con otros tiempos, otros hombres, otras aventuras.
¡Qué apropiada manera de terminar el día!
Cambia, Todo Cambia
Pero... el mundo ya no está para esos lujos. Lo que ayer era infaltable, hoy llega a ser una irresponsabilidad.
Dada la precaria situación en que se encuentran los recursos naturales, y considerando la inutilidad cierta de la fogata en las actividades al aire libre, sencillamente ha llegado la hora de pensar seriamente en no volver a hacer una de ellas.
Haciendo la obvia excepción de las situaciones de emergencia, que, como tal, son esporádicas y, ergo, irrelevantes en esta discusión, me opongo al uso y abuso de las fogatas por cuatros motivos, expuestos a continuación en orden creciente de importancia.
A. Tecnología Ineficiente
Descartando el aspecto espiritual y/o recreacional, las típicas razones para armar una fogata recaen en su conocida propiedad de brindarnos luz y calor.
Pero, hoy en día, podemos hacerlo mejor y con menos daño, tan sólo utilizando nuestro equipamiento estándar.
¿Está oscuro? Bueno, para eso está la linterna. ¿Se te olvidó traerla? Entonces prende una vela, la cual, por supuesto, forma parte del equipo de emergencia con el cual normalmente deberías andar. ¡Ah!, ¿no tienes un kit de emergencia? ¡Hmmm!, amigo mío. Por tonto mereces pasar una noche a ciegas.
¿Tienes frío? Abrígate. ¿No trajiste suficiente ropa? Bueno. Ahora por descuidado es justo castigo que sufras hasta el amanecer (igual, no es tan terrible; algún día lo recordarás con cariño al contárselo a tus nietos).
¿Deseas cocinar? Para eso está tu anafre. Y es muy fácil darse cuenta que el más simple artefacto que hoy pueda existir (probablemente un mechero de alcohol) es mucho más eficiente que una fogata, en términos de unidades de calor utilizada versus la producida.
Ahora bien. Si un excursionista cualquiera no tiene linterna, ropa adecuada o anafre, e insiste hacer actividades al aire libre, asumiendo que podrá usar cuanto recurso encuentre a su disposición, entonces entramos a un terreno totalmente distinto y que nos lleva a la pregunta de si a tal individuo se le debiera permitir el acceso a la naturaleza.
Siempre recordando que no estamos hablando de las situaciones de emergencia, ¿se puede justificar que cualquier aventurero cace especies en peligro de extinción tan sólo porque no trajo un tarro de atún? ¿Es aceptable que cada excursionista tenga asegurada su porción de bosque nativo como parte de su abanico de posibilidades para combatir una noche fría?
Qué me perdonen quienes aboguen por la igualdad de acceso a los ambientes salvajes, pero la respuesta a ambas preguntas es no. Tajante.
Lo que más importa es proteger los pocos ecosistemas naturales que nos van quedando. Y si eso significa cerrarlas a quienes no cumplen un mínimo de requisitos, bien, se cierran no más.
B. Incendio En Potencia
Cada fogata es un posible incendio forestal.
¡Oh!, claro. También lo es un anafre, pero las variables que inciden en éste son mínimas si lo comparamos con aquel.
Si todos fuéramos cuidadosos, no habría problema. Y, típico, todos creemos serlo. Pero los hechos demuestran lo contrario.
Usando las estadísticas oficiales de CONAF para Chile, se ve que el 10% de todos los incendios forestales producidos en los últimos 25 años se deben a "Juegos, Recreación y Deporte". Y, ¡ojo!, esto por lo bajo, porque uno podría sentirse tentado a incorporar las causas "Desconocidas", que son un 15% adicional.
Juguemos con estos números. Diez por ciento significa que en los últimos 25 años hubo 175.470 hectáreas quemadas, correspondientes a 14.644 incendios forestales. Es decir, dos cada tres días... ¡sólo porque alguien no supo apagar la fogata!
Demasiado.
C. Ambientalmente Destructora
A no engañarse. No importa si es una fogata hecha en la playa, en un campamento militar, en cierto bosque patagónico o en alguna jornada recreativa, la leña de alguna parte tiene que venir.
Y por lo general, no hay mucho misterio aquí, proviene del árbol más cercano.
Emplear como combustible las hojas, los troncos podridos, las ramas vivas o las secas, es irrelevante. El efecto destructor es el mismo, dado que todos estos elementos tienen su lugar dentro de la cadena trófica. Su ausencia, en cantidad o calidad, tarde o temprano se ve reflejada en la salud del bosque.
Consideren que no estamos hablando de tan solo una fogata, sino que de todas las que se están haciendo en el área en la cual nos encontramos. Más las otras existentes en el resto de nuestro país, y luego, sumadas a las que se hacen a lo largo y ancho del mundo, ¡en tan sólo un día!
Recuerden. Cualquier problema generado por tan sólo un individuo debe ser ponderado por todas las ocurrencias presentes y futuras del comportamiento en cuestión (Tercer Lema del Anticristo).
Ejemplos de este progresivo carácter destructor es Vallecito, en la pre-cordillera de Santiago. Su daño no se debe a una tala específica, sino que al efecto progresivo de centenares de fogatas, hechas año tras año (llega a tanto que el valle debiera llamarse Pobrecito).
Otra muestra: los bosques cercanos a las Palestras del Manzano y Torrecillas. Si bien es cierto que en el primero es la población local la que ha contribuido en demasía a empobrecer el bosque, en el segundo son los escaladores quienes tienen la culpa que se haya raleado la vegetación circundante a los campamentos clásicos.
D. Educacionalmente Incorrecta
Esta idea, que las fogatas son inútiles, aún no se refleja en la educación.
Todavía hacer una hoguera es algo “aceptable”. O bien porque lo dicen explícitamente, o bien por omisión. Como que aún no se le ve como una costumbre retrógrada que va en el sentido opuesto a la filosofía del mínimo impacto.
¿Qué podemos esperar de los futuros excursionistas, si ya siendo niños le seguimos haciendo pensar que todavía hay planeta para hacer un fuego protector?
Cómo aquí no sólo hablamos de montañismo, sino que de todas las actividades que interactúan con el medio ambiente, la responsabilidad recae sobre un amplio grupo de instituciones y sectores de la sociedad. En algunos casos, son cursos de montañismo; en otros, actividades recreativas realizadas por gente con experiencia que introducen a neófitos en el tema.
No digo que esté mal enseñar a hacer fogatas. Lo opuesto. Es necesario hacerlo, con énfasis, porque está íntimamente ligado con las técnicas de supervivencia. Aquí es donde tienen cabidas las típicas recomendaciones, como nunca romper los ramas vivas, tomar sólo las del suelo, escoger un lugar lejos de matorrales, tener cuidado con el viento, no dejarla desatendida, apagarla bien, etc.
Pero, acto seguido, se debería pasar al aspecto filosófico del asunto y convencer, recalcar, suplicar y ordenar, tajantemente, que nunca más harán una fogata.
Y qué quede claro.
Soy el primero en entender que cantar y bailar en torno a un fuego es alimento para el alma. Con amigos, con familiares, con quienes comparten nuestra manera de mirar la vida.
Pero eso no puede ser a costa de destruir nuestro ambiente.
Está Mal
Si nos consideramos dignos hijos del siglo XXI, si realmente nos creemos el cuento de la causa ambientalista, entonces, debemos adquirir el compromiso irreversible y total de prescindir de las fogatas, sea cual sea las circunstancias en que nos encontremos.
Aunque aparezca en la Turistel, aunque exista en los manuales de los Scouts, aunque esté permitido en algunos Parques Nacionales, aunque todavía sea alentado por los instructores... aún así, está mal.
Si consolidamos este concepto, quizás algún día, más pronto que tarde, podríamos dar el siguiente paso: persuadir a la ciudadanía de la conveniencia de eliminar el uso de las chimeneas hogareñas.
Pero eso es otra historia.