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Frágil Memoria
Por el Anticristo (julio 2004)
Embarcado en la tarea
de analizar el proyecto de ley que desea regular la práctica del montañismo en
Chile, estoy desarrollando ideas preliminares que serán usadas posteriormente
para fundamentar mis opiniones.
En el caso de hoy, reflexiones en torno a un
concepto tan dado por sabido como olvidado cuando tenemos problemas, por lo que
a partir de ahora lo recordaré majaderamente cada vez que sea necesario.
¡Pardiez!
Sabiduría Popular
Partamos diciendo que todo es riesgo en
nuestras vidas. Siempre estamos siendo amenazados; ya sea sentado en un pupitre
en el colegio, dando de comer a los hijos, nadando en el mar o bajando por unas
escaleras. A veces de forma evidente; en otras, venidas de flancos insólitos.
Pero siempre esta ahí, presente, marcando definitivamente nuestra forma de ver
y entender el universo.
De lo anterior se desprende claramente lo
irrelevante que es cuestionarse si una acción es azarosa o no. La pregunta
correcta debiera ser cuán riesgosa es.
Esto, si bien académicamente cierto, no se
toma en cuenta en el diario vivir. Porque simplificamos. Si una situación
parece ser o tener más riesgos que la mayor parte de las acciones conocidas, la
catalogamos sencillamente como “riesgosa”. No porque las otras no lo sean, sino
porque ésta se localiza en la parte alta de una hipotética escala del peligro.
Por lo tanto, decir que bajar una escalera no
es riesgosa, no significa que alguien no se pueda caer y quebrarse. Indica tan
sólo que, comparativamente hablando, su tasa de accidentes es baja y que hay
otros menesteres que tienen una mayor ocurrencia de desgracias.
Cuando es tan difícil hacer generalizaciones,
este enfoque al menos nos permite establecer criterios que, si bien no son
verdades absolutas, al menos estadísticamente hablando, describen tendencias.
Yo me adhiero a esta simplificación.
Olvido Fatal
Cuantificar el nivel de riesgo de una
actividad es difícil. Habría que identificar todos los factores que inciden en
una situación y determinar qué probabilidad tienen de afectarnos.
Tomemos el ejemplo de cruzar la calle.
Posibles variables serían la señalética (que nos indicaría por donde vienen los
autos y quién tiene la preferencia), el tráfico (si se aproxima o no algún
vehículo), nuestra capacidad motora (si somos efectivamente capaces de cruzar
la calle a una velocidad apropiada), el movimiento de rotación de la Tierra (no
es lo mismo si es de día o de noche), la situación espacio-temporal de la nube
de Oort (que incide en la probabilidad de ser impactados por un cometa), etc.
Pero, usando el tan vilipendiado sentido
común, rápidamente nos daremos cuenta que alguno de estos factores son
irrelevantes; un auto viniendo por la calle en curso de colisión con nuestras
tripas es inconmensurablemente más probable que un pedazo de hielo cayendo del
cielo. Obvio.
Este caso fue fácil, pero no siempre es así.
Existen actos donde hay un número significativo de factores cuya relevancia es
desconocida dado que su ponderación es imposible de obtener. Pueden o no ser
importantes.
El mismo ejemplo anterior puede usarse para
ilustrar el punto. Un peatón llega a la esquina de siempre, chequea las
variables relevantes (cartel, tráfico, su cuerpo) y cruza la calle porque
considera que la situación está bajo control. ¿Todo bien?
No. ¿Qué dirían ahora si les digo que tal
persona existió realmente y que falleció atropellada? Fue un auto viniendo en
sentido opuesto, maniobra legítima a las 8 de la mañana en esa calle, dado que
estaba adscrita al programa de tráfico diferenciado.
Un análisis ex-post nos diría que la hora del día sí era un
factor relevante en este caso, pero, ¿cómo haberlo sabido antes?
El peatón, dentro de su raciocinio inconsciente, no lo consideró,
porque ésta aparentemente ya estaba incluida o controlada por las
otras variables importantes. Si el sujeto hubiese sido advertido
por algo o alguien acerca del hecho, habría considerado mirar la
calle en ambos sentidos antes de cruzar.
Pero no lo hizo, y ya sabemos como terminó.
Gallinita Ciega
Otro tipo de problema que surge a la hora de
evaluar los factores que participan en un sistema es que, aún identificados, no
siempre es posible controlarlos.
Es decir, tú sabes que existe la
condicionante, pero no puedes reducir su ocurrencia, después de lo cual debes
decidir si, a pesar de este conocimiento, aún insistes en la acción. Es nuestro
querido y polémico “riesgo asumido”.
Jugando al absurdo con nuestro mismo ejemplo
anterior, sería como pedirle a un voluntario que cruce por una calle en la cual
los autos pueden venir por cualquier lado de la calle, pero el sujeto sólo
podrá mirar en uno de los dos sentidos. El pobre tipo sabrá que la variable
“trafico opuesto” es relevante (alguien se lo advirtió), pero no podrá evitar
ser atropellado si escoge mal. Lo único que puede hacer es decidir si, a pesar
de ello, tienta o no el cruce.
Correlaciones
Está bien. No podemos saber el nivel absoluto
de peligro de una actividad, pero al menos sí podemos hacernos una idea de qué
tan grande (o pequeña) es el número de variables participantes. Esta
información es una medida de cuán complejo es un sistema, el cual, a su vez,
está directamente correlacionado con el riesgo.
Dicho de otra manera, mientras más complejo,
más riesgoso.
Vamos al grano ahora. Si algo caracteriza al
Montañismo es el hecho que, en todas sus expresiones, siempre intervienen un
gran numero de variables, las cuales son de ponderaciones cambiantes y de
difícil control. Es un sistema complejo y, por lo tanto, intrínsicamente
riesgoso (séptimo lema del Anticristo).
Tan-tan.
Tremenda novedad dirán ustedes.
Para afirmarlo no hacía falta tanta
palabrería. Bastaba con sacar a colación el ejemplo de una cordada progresando
en una cordillera remota, o la tasa de accidentes en países con una muestra
representativa de cultores.
Bueno, puede ser cierto. Lo reconozco. Aquí no
tomé el camino más corto.
Pero aún así, yo prefiero este enfoque:
argumentar que el riesgo del Montañismo se debe a su complejidad como sistema y
no a una supuesta escala adrenalínica. El riesgo de usar este último tipo de
argumentos (emplear casos de ascensiones extremas para demostrar lo peligroso
de la disciplina) es que tienta a catalogar como no-riesgosas al resto de las
otras expresiones (las que no son escaladas).
Usando mi aproximación, ya no importa si se
trata de un trekking simple en el Morado, o el ascenso del Ogro. Da lo mismo.
Son riesgosas porque involucran muchas variables. Y punto.
Otra Cosa es con Guitarra
El hecho que entre nosotros consideremos “seguro” hacer caminatas,
o que subir el Plomo es fácil, o que “Colombianos” es un paseo de
viejas... es harina de otro costal. Son evaluaciones que la propia
comunidad hace de sí misma, utilizando parámetros que se alejaron
hace tiempo de la vida “normal”.
Estamos tan acostumbrados a caminar en
ambientes salvajes que hemos interiorizado sus riesgos y, en consecuencia, no
hablamos de ellos, no los comentamos, ni tampoco hacemos el ejercicio mental de
compararlos con la vida que se lleva a efecto en las ciudades.
De tal actitud se deriva nuestra falacia de
decir que es más peligroso cruzar una calle que subir un cerro. A ver que
dirían si mandan a la misma abuelita que compra el pan en la esquina a subir el
cerro que ustedes hicieron el fin de semana.
Resto del Mundo
Hay quienes afirman que el montañismo no es riesgoso.
Por ejemplo, para explicar un ascenso al Provincia sin accidentes,
afirman que no pasará nada si revisamos el equipo antes de partir,
si nos alimentamos bien, si estamos en un buen estado físico, si
la salud nos acompaña, si estamos concentrados en la bajada, si
nos documentamos antes de partir, si no olvidamos la linterna, si
el informe del tiempo no se equivoca, si no nos caemos, si no se
nos hace tarde, si no nos duele la muela...
Si, si, si... Demasiadas condicionantes. Al
final, tarde o temprano una de ellas fallará.
¿Por qué mejor no decir derechamente que es
riesgoso y luego desde ahí intentar minimizar el caos? ¿Cuál es el problema con
ello?
Admitirlo traería puros beneficios. De partida,
sería una estupenda manera de advertir a los futuros practicantes
que están entrando a un juego serio. Además, reforzaría la concentración
de quienes ya lo practican, evitando la tan temida relajación que
viene aparejada con la experiencia. También sinceraría la situación
con los familiares cercanos, quienes sabrían realmente en que anda
metido su ser amado.
Y, último pero no menos, rayaría la cancha legislativa,
al dejar establecido claramente que cosas pueden cambiar... y cuales
no.
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