Anticristo: La Papa
La Columna del Anticristo
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La Papa
Por el Anticristo (marzo 2005)
Primus Circumdedisti Me
Juan Sebastián Elcano arribó el 8 de septiembre de 1522 al puerto de Sevilla.
Lo hacía junto a 18 de sus hombres en la nao "Victoria", lo único que iba quedando de una otrora espléndida expedición cuyo viaje había comenzado, tres años antes, con 5 barcos y 250 tripulantes. Los 1.081 días y 78.000 kilómetros recorridos, llenos de tormentas, enfermedades y combates, habían terminado por diezmar al grupo, incluyendo dentro de ellos a su mentor, el gran Fernâo de Magallanes, muerto tras una reyerta con indígenas filipinos.
¡Qué momento! Fácilmente entre los mejores de la historia humana. No me es difícil imaginármelo. Elcano parado en cubierta, el barco acercándose al muelle y una multitud enloquecida de alegría, las sinceras demostraciones de una ciudad que se estaba preparando para recibir a sus héroes, los primeros seres humanos en circunnavegar la Tierra.
¡Qué emoción!, ¡qué orgullo!... ¡qué ganas de haber estado ahí!
Sí. No puedo negarlo. Envidia e impotencia pura que sentí desde niño, cuando tendido en la alfombra de mi casa, y siempre al lado de la estufa en esos lluviosos días de julio, leía y releía los capítulos que hablaban de estos semi-dioses.
Fue también en esos momentos en que vi por primera vez la palabra “expedición”. ¡Qué tremenda! Épica, romántica, de significados enormes. Ya de tan sólo escucharla me evocaba imágenes de barcos antiguos, tierras remotas y hombres de barbas largas, los cuales, si bien hambrientos y débiles, aún tenían voluntad para ir hacia lo desconocido.
De aquellas recordadas tardes de lecturas fue cuándo supliqué por primera vez “dadme, ¡oh! Dios mío, una expedición de la cual yo también pueda sentirme orgulloso”.
No Regresarán
Recordar las experiencias de estos legendarios exploradores es útil, porque sus historias son tan ricas en detalles que, al retomarlas, hacen surgir nuevos matices que nunca dejan de defraudarnos. Como hoy, cuando las necesito para mantener la perspectiva de las cosas.
Aparte de la epopeya de Magallanes y Elcano, también dentro de mis favoritos están los de Orellana (el primer descenso del Amazonas) y Shackleton (su intento de cruce en Antártica). Pero hay otros.
Por ejemplo, Bering, el primer hombre en atravesar el estrecho que lleva su nombre y el primer occidental en "descubrir" Alaska (lo hizo a los 60 años, a una edad en la que muchos de nosotros sólo quiere estar mirando televisión). O Livingstone, cuyo famoso encuentro con Stanley en Ujiji, en las riberas del Lago Tanganika, opaca el importante hecho que él ya había realizado 5 expediciones mayores a partir de 1841, dentro de las cuales sólo la segunda le tomó 10 años. O Cabeza de Vaca, quien en 1528 entró en Florida con 300 españoles con la idea de conquistarla... sólo para salir por México 8 años después, desnudo, famélico y acompañado por apenas 3 soldados.
En los tiempos actuales, tales ejemplos son difíciles de aquilatar, especialmente en cuanto al grado de compromiso involucrado. Esto es en parte porque hoy la magnitud de los desafíos es menor y, en consecuencia, no estamos siendo testigos de epopeyas que exijan sacrificios extremos.
En todo caso era evidente que esta situación se produciría tarde o temprano, porque la Tierra es grande mas no infinita. A medida que nos desarrollamos como especie y ocupamos territorialmente el planeta, fuimos agotando los espacios salvajes, así es que era obvio que se iba a producir una contracción en la cantidad y calidad de las aventuras.
Un proceso irreversible del cual nadie es culpable y ante el cual no hay nada que hacer. No importa cuánto haga yo, o qué tanto modifique mi estilo para tratar de imitar las condiciones que estos titanes enfrentaron, aún así, será imposible repetir sus hazañas.
Nuestros Antepasados
¿Qué relación tiene todo esto con nosotros?
Mucho. Porque yo siempre he visto al montañismo como un subproducto de estas epopeyas, una especie de remanente de lo que era la aventura humana.
Esto es porque un buen porcentaje de las tierras algo olvidadas y todavía remotas que nos van quedando, están o se relacionan con montañas. Y si, además, vemos al riesgo implícito de nuestra actividad como un sucedáneo de aquel existente en las exploraciones de ayer, no sería difícil llegar a la conclusión que los montañistas son personas que, de haber nacido antes, se hubieran terminado por involucrar con Marco Polo, Colón o Admunsen. Es decir, somos como herederos de estos hombres valerosos, frase que parece una exageración, pero en la cual yo realmente creo.
Lo que sí habría que agregar es que no somos los únicos herederos. Hay otras manifestaciones que también son residuos de ese época y que también deberían estar incluidas dentro de su descendencia (como por ejemplo algunas expresiones de los deportes náuticos).
Este pasado que tenemos como disciplina explicaría en parte porque usamos en nuestro léxico mi adorada palabra, "expedición", costumbre no exenta de problemas y que me genera sentimientos encontrados.
La Cosa Social
Mi conflicto radica en que los eventos que hoy llamamos "expediciones" no corresponden exactamente a lo que deberían ser. Hay un manoseo que la convierte en una pálida hija de lo que era antes. Y mis ilusiones infantiles se resisten a desvestirla de los ropajes heroicos que antaño tuvo.
Claro. Dado que partí con esas imágenes de Aguirre, Eriksonn o Vasco de Gama, me llegan a rechinar los dientes cada vez que escucho que alguien hizo una expedición al Parinacota... ¡en 10 días!
No es que menosprecie un viaje al norte de Chile, sino que tan sólo hago hincapié en que ambas expresiones no pueden pertenecer al mismo grupo.
Además, mal podría hacerlo yo dado que también he pecado, porque a medida que me involucré más y más con el montañismo, también relajé mis estándares y me terminé sumando a la mayoría, de paso cumpliendo, de tanto viaje por aquí y por allá, con mi sueño de participar en "expediciones" de las cuales yo también me sintiera orgulloso.
Total, me dije a mí mismo, el significado de las palabras es evidentemente una cosa social. Si el 99% de la gente usa una palabra mal, no queda duda que tarde o temprano dicho significado será el correcto. Así es como funcionan los lenguajes (aunque eso les haga caer la lengua a los académicos del pelo).
Sin embargo, por razones que quedarán claras más adelante, ahora decidí volver a mis raíces, retomar mi rigurosidad y alegar en contra de esta situación.
Incompatibles
Como yo no puedo hacer más grande la Tierra, o proveer de naves espaciales al resto de los escaladores para darles un nuevo teatro de acción, el único camino que me queda es tratar de convencerlos de limitar el uso de la palabra "expedición", para lo cual existen dos formas de hacerlo.
La primera consiste en aceptar el hecho que vivimos tiempos diferentes, en el cual ya no existen las condiciones para que se den “Expediciones” (así, con mayúscula, para referirse a las de otrora) y, por lo tanto, no se debe usar esta palabra para referirse a ningún tipo de desplazamiento a zonas remotas. En su reemplazo habrá que buscar otras, tales como “viaje”, "salida", "periplo" o cualquier eufemismo similar que a ustedes les acomode.
Si bien es cierto que esta postura no se debe ser muy tajante en cuanto a la imposibilidad planteada, dado que siempre se puede encontrar excepciones (algo así como un cruce a Antártica en invierno, solo, sin los permisos respectivos), la ley de los grandes números nos dice que tales casos sólo serían eso, excepciones. Tan pocas que incluso me atrevería a aseverar que no habrá ni una de ellas durante los próximos 500 años (que es cuando podremos comprar naves espaciales en un proto-Jumbo).
La segunda alternativa se fundamenta en redefinir la palabra "expedición", para hacerla calzar mejor con las situaciones del mundo moderno. Esta actitud es más flexible y, no voy a prolongar el misterio, es la que yo prefiero... pero siempre y cuando venga acompañada de un severo conjunto de condiciones, las cuales, sí señor, son precisamente las que deseo analizar en la columna de hoy.
Advierto que las dos posturas anteriores ("no usar" versus "redefinir"), si bien válidas, son incompatibles, razón por la cual quienes opten por la primera no deberían seguir leyendo este artículo, porque todo lo que se discute a continuación tiene que ver con la segunda.
La Previa
Antes de ir a la carne de la milanesa, es importante repasar algunas consideraciones básicas que no debemos perder de vista.
Primero, que no todo viaje puede ser una expedición. Ésta es algo que obliga a un grado mayor de esfuerzo; debe costar hacerla. No es lo mismo ir a Europa que al Polo Norte; o subir el Pochoco en vez del Everest.
Segundo, que cualquier nueva definición debe incluir la tendencia que cada vez habrá menos expediciones en la Tierra, para llegar a un momento en cual ya no se puedan realizar.
Tercero y último, que a pesar de lo bueno que puede ser nuestro sentido común para decidir si un viaje es o no una expedición, eso no es suficiente. Necesitamos criterios en los cuales basar nuestras opiniones.
De forma análoga a lo que es un modelo matemático, lo que buscamos aquí es una especie de ecuación que intente representar la realidad. Sabemos de antemano que eso es imposible, pero este convencimiento no debe invalidar nuestro esfuerzo de búsqueda, porque en el proceso daremos con reglas que, si bien no perfectas, nos permitirán hacer comparaciones válidas.
Yo ya tengo una definición que deseo someter al juicio público, pero si el resultado es malo o no les gusta, ok, no hay problema, busquemos otro conjunto de cánones que represente mejor la realidad.
Vamos al punto dijo la coma. A continuación ustedes encontrarán mi propuesta, un conjunto de cuatro variables que dan una base para decidir si un desplazamiento debería o no ser llamado "expedición".
Período
Mi primera regla dice así: “su desarrollo debe involucrar una cantidad significativa de tiempo”.
La razón de tener esta directiva es que se debe dar realce a quizás la característica más evidente de las Expediciones: la cantidad de tiempo que pasaban en terreno. Por lo tanto, parece natural exigir que si un viajecito actual desea llamarse así, sus miembros deben pasar cierto tiempo fuera de casa. Es lo mínimo que se puede exigir.
El criterio tiene una trampa: a propósito no define lo que se entiende exactamente por “desarrollo”, o “significativa”. Pero hay una razón para ello: debe quedar holgura para que nuestro sentido común actúe, dado que es imposible ponerse en todo los casos.
Si hacemos un ejercicio mental y usamos como regla de evaluación sólo este criterio, es evidente que se produce inmediatamente un corte entre los distintos tipos de actividades. Una ascensión al Pochocho no sería una expedición porque se hace en el día; un cruce transpolar, sí, porque requiere meses.
Afinémoslo un poco más: ¿30 días en el Campo de Hielo Norte?, sí, califica para ser expedición. ¿Cuatro días al Loma Larga?, no. ¿Veinte días para un big-wall en el Brujo?, sí. ¿Siete días para el San José?, no.
Con esté análisis exprés, nos damos cuenta que en algún momento entre los 7 y 20 días está un posible punto de quiebre. Si yo tuviera que jugármela con alguna cifra diría 12, porque con esa cantidad de días, en promedio, se puede hacer un viaje al Aconcagua o al Tupungato. Pero el problema es que 10 o 15 también parecen ser buenos números.
¿Cómo saber dónde exactamente cortar? Yo creo que no se puede.
Y lo mismo ocurre si intentamos definir que es lo que entendemos por “desarrollo" (de una expedición). Podríamos tratar de decir que comienza desde el momento en que abandonamos la casa, o bien, cuando pasamos por la última ciudad, o a partir de nuestra llegada al campo base. Pero ¿qué se entiende por ciudad? ¿Y qué pasa si se regresa a un poblado regularmente después de pasar un tiempo en la montaña? ¿Eso invalida completamente la etapa de desarrollo?
No. Muy complicado. Mejor dejar ambos conceptos relativamente indeterminados y traspasar la decisión de dónde cortar a quien evalúa, aunque eso tenga el costo que tarde o temprano algún tarado utilice pésimos parámetros y llegué a conclusiones absurdas.
Acceso
La segunda regla dice: “el acceso debe ser complejo, e idealmente un evento único”.
La misma situación anterior: a propósito se deja sin definir qué es “complejo”, para permitir cierto grado de flexibilidad en la evaluación. Pero lo del “evento único” sí que requiere algo de explicación.
Hoy, para acceder en verano al campamento de Río Blanco en el Parque Nacional Los Glaciares, en Argentina (aka, el Fitz Roy), debes tomar un avión, tres buses y caminar cuatro horas. Si pierdes el ticket del bus hoy, en principio puedes tomar otro mañana, o pasado. Ya existe la logística in situ que permite que, en esencia, la cadena de eventos que te dan acceso al lugar esté “resuelta”.
Pero, ahora, supongamos que deseas ascender algunas pirámides de la vertiente este de la cordillera Centinela. No tienes una red de transporte regular a tal lugar. No es como ir al Terminal de Buses y decir “deme dos boletos para East Sentinel Range”. Lamentablemente debes gestionarla tú mismo, lo cual significa dinero, auspiciadores, permisos y otras diligencias. Es decir, una carga de trabajo lo suficientemente importante como para empezar a cambiar, lo que originalmente era un viaje sencillo, en un pequeño monstruo logístico.
Antiguamente, del punto de vista del acceso, todas las Expediciones eran eventos únicos (de hecho, habitualmente tenían que usar su propio barco), pero exigir eso hoy como condición necesaria es demasiado. Eso explica porque se dice "idealmente".
Hay otros casos a analizar. En varias zonas del mundo, hay agencias que organizan logísticas de acceso a lugares remotos y, como las hacen temporada tras temporada, sus servicios podrían ser vistos como regulares.
Un buen ejemplo de esto sería alguna expedición al Vinson Massif a través de la agencia ALE (antiguamente ANI). Ellos proveen el servicio desde hace más de una década y es muy "fácil" ir: llamas, reservas y listo (claro, después de pagar US$23.000). Esta limpieza en el procedimiento le da evidentemente un cierto aire de “servicio regular”.
Pero lo que ocurre aquí es que el interesado está sencillamente traspasando la complejidad a alguien más, sin eliminarla. El operativo, independientemente de quien lo organice, sigue siendo esencialmente no-simple.
En el caso citado, la aproximación al Vinson consiste en un vuelo de 5 horas entre Punta Arenas y Patriot Hills, en un avión especialmente rentado para la ocasión, más otro desplazamiento de una hora en un Twin Otter para acceder al campo base mismo. Ambos supeditados a condiciones meteorológicas, cupo y otros factores de política empresarial.
Si todo funciona “perfecto”, quien contrató el servicio ni notará la diferencia con un vuelo entre Los Ángeles y Nueva York. Pero... tal caso es la excepción. Normalmente, y sin importar cuánto haya pagado el cliente, la complejidad del viaje le estallará en la cara y le hará tragarse todas las demoras que ocurran (que en el caso de esta última temporada significaron, para este pobrecito Anticristo, 21 días de esperas).
Veamos ahora algunos ejemplos. Si usáramos sólo este factor como criterio, el Fitz Roy por la ruta franco-argentina no sería una expedición (aunque quizás sí por otra ruta). Ni tampoco las vías normales al Aconcagua, Juncal, Huascarán, Denali o la mayor parte de las montañas de los Alpes. Pero sí lo serían las islas de la Península Antártica, Groenlandia, el Tupungato, la Puna de Atacama...
No quiero ofender el viaje de ninguna persona. Todos hacemos sacrificios y a todos nos cuesta. Deslizar la idea que el acceso al Aconcagua es “fácil” puede parecer una afrenta para quien cargó 30 kilos por ese hermoso y refrescante valle que es Horcones. Pero eso es porque nuestro hipotético y ofendido montañista está incluyendo implícitamente en la palabra “complejo” el esfuerzo físico que le significó llegar a Plaza de Mulas (además que considerar esa caminata como parte del proceso de “acceso” es discutible; quizá habría que considerarla como una etapa más del "ascenso").
No. La complejidad de la cual hablamos aquí, y perdón si insisto, se relaciona con el "acceso". Si alguien quiere ir y subir al Aconcagua por la ruta normal en verano, puede partir hoy o mañana y da lo mismo. Aborda un bus a Mendoza, se toma un café, pasa la noche tirado en el terminal, compra el permiso, se va a la frontera en un transporte y presto. Listo para el ascenso.
Población
El tercer criterio es acerca de cómo una expedición ha de ser capaz de valérselas por sí misma. Dice así: “en el lugar debe haber mínima actividad de foráneos y nada de población local”.
Piensen en Colón. Él no partió del puerto de Palos diciendo “las armas las compro en Venezuela”, o “le pido a un avión que me tire la comida”. Él debió llevar la mayor cantidad posible de cosas que le permitieran ser relativamente autosustentable por un período dado de tiempo. Por supuesto, contaba con reabastecerse de alimentos y agua durante el viaje, pero básicamente él debió preocuparse, antes de partir, de la logística que le involucraría moverse por un terreno ignoto.
Ya aplicándolo al montañismo, esta regla es una manera de separar actividades que se realizan cerca de pueblos (o de campos base bien abastecidos) de otras donde los grupos expedicionarios están solos (o pobremente acompañados). Éstos, como no recibirán ningún tipo de ayuda una vez llegados a terreno, tendrán que preparar con antelación la logística que le permitirá subsistir: comida, combustible, botiquín, comunicaciones...
Insisto en la diferencia. No es lo mismo que una cordada diga: “vamos al Huascarán, compraremos la comida en Huaraz", a que “como vamos al Tyree, tenemos que embalar los víveres dos semanas antes”. No es lo mismo que un grupo diga “vamos al Aconcagua; tendremos acceso a un médico”, a que “vamos al Gaviota; usaremos el Leatherman para las caries”.
Y eso sin contar con los factores psicológicos, algo que no debe ser despreciado a la hora de las comparaciones. Tener a escaladores de otros grupos cerca, o recibir visitas de cuando en cuando, hace más llevadero los afanes de los expedicionarios. Y aunque sentados aquí en la ciudad parezca difícil de creer, tener a alguien diferente con quien conversar es alimento para el alma. Por eso también es que el criterio hace referencia a cualquier persona, ya sean excursionistas, hippies, amantes de la paz o meretrices. Todos ellos, de alguna u otra manera, involucran algún grado de soporte para una expedición.
Según esta variable, no podrían ser expediciones viajes al Elbrus, buena parte de la Cordillera Blanca en Perú, el Cho-Oyu por la ruta Tichy, Yosemite, etc. Sí lo serían el Juncal, la cordillera de Huayhuash, casi todo el Campo de Hielo Sur y Darwin.
Antecedentes
El último criterio es: “no debe existir información abundante del área a visitar”.
En estos tiempos en que Internet se ha transformado en un recipiente universal del conocimiento humano, cualquier información de áreas remotas que esté en ella, por mínima que sea, queda disponible urbi-et-orbe. Cualquiera hoy puede, apretando dos veces el ratón del computador, acceder a datos fundamentales que le permitirán dirigirse hacia adónde "nadie nunca ha estado jamás". Y si además lo complementa con los sistemas de información geográfica existentes hoy en día (modelos de elevación, imágenes satelitales, coordenadas GPS u otros), llegará al área salvaje en muchas mejores condiciones que nuestros predecesores.
Esto es demasiada ventaja. Sólo por citar un ejemplo, piensen en personas como Almagro, quien planificó todo un cuento sólo basado en rumores. ¿Quién hoy iría a subir una montaña así?
En el fondo de este cuarto y último punto está la idea que una expedición ha de llevar el sello de "enfrentar lo desconocido". Debe haber un poco de "aventura", algo que coloque a los expedicionarios en situaciones inesperadas.
Por supuesto ya no discutimos el hecho que el mundo es un barrio dominado y que no importa si nos desplazamos a Mongolia, Fidji o Putaendo, los grandes misterios ya están resueltos. Pero aceptar esto no involucra consentir todo. Todavía hay lugares en los cuales obtener información útil es difícil.
Es probable que de todas las variables anteriores, ésta represente el mayor filtro, porque deja afuera inmediatamente a todas y cada una de las millones de rutas normales de las millones de montañas cuya información circula en la red: Aconcagua, Tupungato, Everest, Cho-Oyu, Mont-Blanc, Elbrus, Kilimanjaro, Vinson... La lista es larga, e incluso desilusionante, porque elimina de raíz la imagen de un planeta intocado. Pero ¿qué quieren?, si cuando se llora porque el mundo es más chico es precisamente por cosas como estas.
¿Qué sitios quedarían adentro? Fácil de decir, difícil de encontrar; zonas vírgenes y remotas. ¿Dónde están? Bueno, algunas podrían ser la vertiente oriental del Sentinel Range, la zona entre el Canal de las Montañas y el Glaciar Balmaceda, algunas partes de Groenlandia, ciertas vertientes de los Andes...
Quizás la Luna.
Esta es la Papa
Resumiendo.
Ya no existen epopeyas como las de ayer, porque hemos ocupado el planeta y porque la tecnología nos ha dado más control del que nunca imaginamos. En este escenario, el montañismo se destaca como un heredero de la aventura humana. Eso quizás explica por qué usamos palabras como "expedición" como un sinónimo para un viaje lejos de casa, situación que es una exageración y debe ser corregida.
Para ello, hay dos alternativas: no usarla o redefinirla. Yo opto por la segunda, para lo cual enumeré cuatro variables que conforman un criterio razonable para determinar si un viaje merece ser llamado expedición. Usando las iniciales de cada una de ellas, se forma el acrónimo PAPA (Período, Acceso, Población y Antecedentes), que es la manera como haremos referencia a ella a partir de ahora.
En la próxima columna veremos cómo utilizarla, así como también el análisis de algunos casos emblemáticos y la razón última de toda esta aparente inocua discusión.