 Descubriendo
La
Cordillera Blanca
Texto y Fotografías: Rodrigo Fica
Octubre 2002
Enclavado en el centro de Perú se
localiza un subsistema de los Andes llamado Cordillera Blanca. Es
relativamente poco conocida pese a ser una zona prominente para
la práctica del deporte aventura.
No sólo es la mayor cordillera tropical
del mundo, sino que además posee el 20% de todas las cumbres
superiores a 6.000 mts. que existen en América. En sus vertientes
se encuentran 723 kilómetros cuadrados de glaciares y, además,
es hogar del Huascarán, la quinta montaña más
alta de nuestro continente (6.768 metros de altitud).
Es a este sitio donde año tras año
una cantidad creciente de chilenos dirigen sus pasos, debido a su
fácil acceso y a su gran belleza escénica.
El Callejón de Huaylas
La Cordillera tiene forma de una espina dorsal
que va de NO a SE. Mientras que a levante colinda con la hoya hidrográfica
del río Marañón, al otro lado está limitada
por la existencia de un cordón montañoso de menor
altura y sin glaciares llamado Cordillera Negra. Entre ambos se
localiza el cauce del río Santa Cruz, que da origen a un
valle amplio y fértil denominado Callejón de Huaylas.
En su eje se localizan las principales ciudades:
Caraz, Yungay, Carhuaz, Monterrey y Huaraz, siendo esta última
la capital del Departamento de Ancash y centro neurálgico
de la zona. Fue aquí donde llegué a principios de
junio, con Darío Arancibia, para intentar algunas montañas
dentro de un proyecto de desarrollo deportivo denominado Abriendo
Huella.
La ciudad nos recibió con el ruido habitual
de una pujante comunidad de 100.000 habitantes, quienes viven principalmente
de la minería y la agricultura, pero que ahora ya comienzan
a ver en el turismo una herramienta formidable para superar el subdesarrollo.
Eso explica la proliferación de los cibercafés,
agencias turísticas, casas de cambios y hoteles. Todos ellos
conviviendo con la cultura local, lo que explica ese aire similar
a Cuzco, aunque en este caso el motor no está dado por la
contemplación del pasado, sino que por la realización
de actividad física en contacto con la naturaleza.
 Como
Huaraz está a 3.100 mts. sobre el nivel del mar, es habitual
tener molestias los primeros días debido a la altitud. Es
así como aparecen los dolores de cabeza, el agotamiento fácil
e incluso la somnolencia. Si bien es cierto que hay varias maneras
de tratarlos, la mejor solución es sencillamente tomarse
las cosas con más calma, hasta que el cuerpo se acostumbra
a la menor cantidad de oxígeno que existe en el aire.
Y eso fue justamente lo que hicimos nosotros.
Agotados por los trámites realizados en Santiago, nos dimos
cuatro días para descansar y sólo entonces empezamos
a organizar la logística que utilizaríamos en nuestras
actividades.
La Quebrada de Llaca
Primero estuvimos tres semanas en el hermoso
valle de Parón, donde, aunque no escalamos nada, nos pasó
de todo. Participamos en un rescate, estuvimos enfermos de gripe,
intentamos abrir una ruta nueva al Pisco Oeste y, cuando vimos que
las montañas que pretendíamos estaban más peligrosas
de lo habitual, optamos por retirarnos, con bastantes kilos menos
y sin habernos bañado jamás.
En Huaraz sólo nos dedicamos a engordar,
hasta que a la semana desapareció la obvia saturación
y regresaron las ganas de escalar. Esta vez queríamos algo
fácil, barato y de logística mínima. Como el
Vallenaraju, una montaña de 5.686 mts. cuyas características
cumbres en forma de cuernos se observan a simple vista desde la
ciudad.
Los primeros 5 kilómetros los hicimos
en una furgoneta; los 22 restantes, a pie, por la angosta Quebrada
de Llaca. Antes de llegar a la bella laguna glacial que da fin al
camino de autos, tomamos el sendero que subía rápido
por sobre unos paredones de granito, el que nos dejó en un
campamento alto, a 5.200 mts.
Hasta ahí, todo iba miel sobre hojuelas.
Buen tiempo y linda vista. Pero... esa noche justo cambió
el clima. Se puso a nevar fuerte y no nos quedó otra que
encerrarnos en nuestras bolsas de vívac y refugiarnos en
silencio durante la noche y la madrugada subsiguiente.
Amaneció y la nevazón continuaba.
Estábamos discutiendo si bajar o no, cuando vimos pasar rápidamente
hacia arriba a tres cordadas lideradas por guías peruanos.
El ejemplo nos animó y nos decidimos a intentarlo.
Entramos al glaciar y al rato vimos que todos
se devolvían. Pero como la huella no se tapaba pese a la
nevisca, nosotros continuamos. Después de varios filos y
algunas pendientes bien paradas, llegamos a la cumbre. Estábamos
tan felices que hasta bailamos cueca, pero rapidito, ya que el clima
empeoraba. Nos sacamos las fotos de rigor para nuestros auspiciadores
y huimos.
Nos nevó toda la bajada. En el campamento
alto tuvimos granizo y, en la Quebrada de Llaca, lluvia cerrada.
Sólo pudimos descansar cuando hallamos un cobertizo abandonado
al lado del camino que nos permitió capear el temporal.
Al día siguiente, bajamos a pie hasta
Huaraz... en medio de un sol esplendoroso.
El Desastre de Yungay 
El grupo no estaba completo aún. La primera
semana de julio llegaron Marlen Suil y Patricia Soto, quienes se
tenían tanta confianza que, a pesar de nuestro masculino
escepticismo, decidieron partir inmediatamente, sin aclimatarse,
por el Chopicalqui, una cumbre de 6.354 mts. catalogada como Algo
Difícil.
Para llegar a esta montaña tuvimos primero
que irnos hasta Yungay, la ciudad donde ocurrió aquella batalla
en el siglo 19 entre las tropas Chileno-Peruanas y las de la Confederación
Perú-Boliviana. Pero ahora era otra la razón por la
cual esta visita no me era indiferente; quería presenciar
los restos de una historia ocurrida treinta años atrás
y que me ha cautivado desde pequeño.
Corría mayo de 1970 cuando Perú
sufrió un severo terremoto grado 7.8 en la escala de Richter,
con epicentro en el Callejón de Huaylas. Hubo masivos daños
en los poblados, pero lo peor aún faltaba por venir, porque
dos días después, el 2 de junio, hubo una réplica
particularmente severa que terminó por botar una enorme sección
de roca localizada por sobre los 6.000 metros de altitud, en la
cara oeste del Huascarán Norte.
Los masivos bloques de granito cayeron directamente
sobre un glaciar situado bajo él, fundiéndolo debido
al calor generado por el choque. La masa resultante se transformó
en una gigantesca avalancha que se desplazó sobre un colchón
de aire a la velocidad de 300 kilómetros por hora. A medida
que bajaba incorporó a cuanto objeto se le pusiera por delante,
aumentando aún más su fuerza destructiva.
El alud terminó por encauzarse en la quebrada
de Shacscha, la cual tenía un recodo justo antes de llegar
al río Santa, pero la energía contenida era tal que
la avalancha sencillamente no se desvió y pasó por
arriba de las colinas de 150 metros que protegían a Yungay.
Y como si esto no fuera poco, parte importante del alud continuó
por la quebrada y tuvo la fuerza suficiente como para sepultar a
otro poblado, Ranrahirca. La destrucción de ambos fue inmediata,
muriendo 18.000 personas en el acto, el 99,98% de su población,
el 25% del total de víctimas que dejó el terremoto.
Se calcula que la avalancha desplazó 75
millones de metros cúbicos, cubrió 2.200 hectáreas
y recorrió 17 kilómetros horizontales en 3 minutos.
Lo irónico del asunto es que Yungay ya
había sido sepultada parcialmente por un aluvión a
mediados del siglo XX, por lo que sus pobladores habían cambiado
el emplazamiento de la ciudad un poco más al norte, justo
debajo de las colinas ya mencionadas, cuya altura se suponía
era suficiente como para protegerla de cualquier nuevo alud.
Se suponía.
Parque Nacional
En Yungay estuvimos breves momentos. Negociamos
el transporte para el siguiente tramo y al rato nos vimos viajando
otra vez por campos y sembradíos.
 Viéndolos,
era inevitable pensar en lo difícil que debe ser la conservación
del medio ambiente. Porque la milenaria ocupación humana,
el uso inadecuado de la tierra y el desconocimiento de la simbiosis
hombre-naturaleza, han provocado una deforestación intensiva
que sólo pudo ser detenida en los últimos treinta
años gracias al esfuerzo en conjunto de residentes y visitantes.
Precisamente, el mayor logro se consiguió
en 1975 cuando se creó el Parque Nacional Huascarán,
el cual abarca casi la totalidad de la Cordillera Blanca. Dos años
después, la misma zona fue declarada Reserva de la Biosfera
de la UNESCO y en 1985 se le reconoció el carácter
de Patrimonio Natural de la Humanidad.
Considerando entonces que las actividades que
se realizan en estos macizos ya están sujetas a una normativa,
sabiendo que en promedio 60.500 personas lo visitan anualmente y
conociendo lo que ocurre en otros lugares similares tales como el
Aconcagua, el Denali o Torres del Paine, no deja de ser sorprendente
que el acceso a la Cordillera Blanca todavía sea gratuito.
Es decir, en ninguna parte se debe tramitar un
permiso o bien pagar por su ingreso... excepto a donde íbamos
ahora. Porque el Chopicalqui se accede a través de la Quebrada
de Llanganuco, la cual es, para nuestro infortunio, el atractivo
turístico más visitado.
Paramos en un control, nos registrarnos y cancelamos
un pase de US$ 20 por persona, especial para montañistas.
Para quienes van sólo por el día existe otro más
barato por un dólar y medio.
Luego de cumplido el trámite de rigor,
continuamos viaje. Pasamos por las lagunas Chinancocha y Orcococha
(principal atractivo para quienes vienen en auto), cruzamos el inicio
del sendero que va al Pisco (otro circuito muy popular) y, en la
siguiente curva, nos bajamos para tomar la senda que lleva al Chopicalqui.
El camino de tierra continúa ascendiendo
hasta llegar a los 4.767 mts. y después desciende a Vaquería,
un poblado localizado al otro lado de la Cordillera.
En cuanto a nosotros, tuvimos lluvia y nevazones
casi constantes, especialmente los primeros días. Sin embargo,
pudimos subir campamento tras campamento (hay tres) hasta que hicimos
cumbre en una larga jornada en que no hubo precipitaciones pero
sí mucho viento y nubosidad.
Al séptimo día estuvimos de regreso
en el camino, para descubrir que se había declarado un paro
de transportistas y que no había tráfico regular.
Así que no nos quedó otra que sentarnos a esperar
a la orilla del camino hora tras hora, hasta que un vehículo
privado pasó por ahí y nos hizo el favor, previo pago
de una gentileza, de llevarnos hasta Huaraz.
Solitarias Puyas 
A continuación queríamos ir a un
lugar poco visitado, ojalá alejado de los circuitos tradicionales.
Algo más bien desconocido. Así que tomamos uno de
los libros que teníamos, lo abrimos al azar y apareció
el macizo de los Pongos, por la quebrada de Queshque, en la ciudad
de Cátac. Ni idea que era eso.
Por más que preguntamos no obtuvimos ningún
otro dato útil, excepto que quedaba 36 kilómetros
al sur de Huaraz.
Nos fuimos en un furgón apretados a más
no poder. Por supuesto, con la gente hablando en quechua y riéndose
de nosotros. Pero esta vez yo estaba preparado, porque les contesté
en su mismo idioma y se quedaron perplejos al escucharme. Tanto,
que ya no se rieron más. Quizás que les dije.
En Cátac, arreglamos nuestras cosas a
la orilla del camino y nos fuimos hacia arriba bien cargados con
alimentos para siete días. Veinte minutos después
estábamos en los altos del pueblo, en una meseta que se extendía
sin interrupciones hasta chocar con las estribaciones sur de la
Cordillera Blanca.
Nos aburrimos de sacar fotos, porque en realidad,
la vista era estupenda. El mejor sitio para una toma panorámica.
También nos asombró lo lejos que
se veían los Pongos, emergiendo limpios al final de la pampa
a una distancia difícil de evaluar. Se suponía que
bastaba con un día de marcha.
 Caminamos
y caminamos bajo el sol sin notar ningún avance significativo.
Más tarde entramos a la quebrada de Queshque y la seguimos
vuelta tras vuelta, sin llegar nunca a ningún lado. Al final
del día ya lo tomábamos con humor y empezamos a hacer
chistes de nosotros mismos:
- ¿Sabes como se dice "A la vueltecita"
en quechua?
- No.
- Tres Pongosh y mediosh.
En la tarde del día siguiente, Marlen
y Darío se quedaron algo atrás y tuvieron el privilegio
de observar a un puma caminando al otro lado de una laguna. Todos
se quedaron viéndose mutuamente, sin moverse, hasta que el
animal decidió que no había nada que temer y se fue
caminando parsimoniosamente en sentido opuesto al nuestro.
Fue un verdadero privilegio, porque es muy difícil
toparse con uno de ellos en estado salvaje. Pero tal honor no fue
suficiente como para convencer a Patricia y a Marlen, quienes a
partir de ese momento nunca más fueron al baño de
noche.
Finalmente, al tercer día llegamos a los
pies de nuestro objetivo, el Maretaca, una nevada montaña
de aproximadamente 5.400 mts. Acampamos en un lugar digno del paraíso,
una especie de balcón rodeado de yaretas, lagunas y glaciares.
Las siguientes jornadas el clima se mantuvo irregular.
Sólo dos días después pudimos montarnos al
glaciar, seguir una empinada arista y luego hacer una travesía
hasta la cumbre. Felices los cuatro observando nuevos horizontes,
nuevas ideas.
El regreso fue más rápido. Repetimos
el mismo camino, pero nos detuvimos para contemplar las mayores
concentraciones de la Puya Raimondi que existen en la Cordillera
Blanca.
Es una bromeliácea, pariente lejana de
la piña, que alcanza hasta los 15 metros de altura. Tiene
varias particularidades, como por ejemplo, que vive 100 años,
que florece una sola vez en su existencia, que genera 20.000 flores,
que existen sólo en algunas partes de Perú y Bolivia
y que está en peligro de extinción por la quema indiscriminada
y sin control que los campesinos han realizado por siempre.
Mirándolas en detalle, vimos que muchas
de ellas tenían sus bases quemadas. Pero para el ojo de un
inexperto es difícil decir si esto se debe a un incendio
o bien al ciclo de vida natural de la Puya, porque ésta se
autocombustiona justo después de florecer, en lo que es la
última etapa de su vida.
Seguimos nuestro camino. Enlazando atajos utilizados
por los agricultores, dimos con una picada más directa que
nos llevo otra vez de regreso a Cátac, justo el 28 de julio,
el día nacional de Perú.
Bellas Montañas
Cuando llegamos, la ciudad ya hervía de
animación. Las calles llenas, mucha alegría, desbordante
felicidad, pero... las residenciales habían subido sus precios
al triple y era difícil encontrar habitación alguna.
Al final igual nos las ingeniamos para tener alojamiento pero fue
un error no haber planificado nuestras actividades de mejor manera,
evitando permanecer en las ciudades en tales fechas.
A Darío y Marlen se les acabó el
tiempo y tuvieron que irse para Santiago. Nosotros, con Patricia,
aún teníamos diez días para intentar algo,
y decidimos irnos a la quebrada de Santa Cruz.
Para ello, y tras el descanso de rigor, nos fuimos
a Cashapampa, un pueblo que se accede desde Caraz y que ha progresado
bastante gracias a la más famosa y sobre fotografiada montaña
de la Cordillera Blanca. Aún más que el Huascarán.
Una que es llamada la más bella de la Tierra: el Alpamayo. 
Tal título curiosamente tiene bases reales,
aunque hoy no es posible separar el mito de la realidad. Una historia
que circula habla de un premio entregado por la Escuela Mundial
de Bellezas Escénicas de Munich, pero, en realidad, la única
versión que he podido comprobar es la que habla de una encuesta
realizada por la revista alemana "Alpinismus", en 1966,
acerca de la cumbre más hermosa de la Tierra. Participaron
43 famosos escaladores y exploradores que nombraron como ganadoras
con 4 votos al K2 (China-Pakistán) y al Alpamayo (Perú),
pero muy cerca quedaron, con tres votos, el Fitz-Roy (Chile-Argentina),
las Grandes Jorasses (Francia-Italia) y el Cervino (Suiza-Italia).
Lo disperso de los votos y la subjetividad implícita de la
pregunta hace discutible el galardón, pero eso no quita que
el Alpamayo sea realmente bello.
Nosotros tomamos el sendero que sale directamente
del poblado. Ancho y fácil de seguir, pronto ingresa en la
quebrada de Santa Cruz y comienza a subir constantemente, por varias
horas. Hasta que después se accede a unas mesetas que hicieron
más fácil la caminata y nos permitieron llegar a dormir
a la laguna Ichicocha.
Al día siguiente llegamos a una bifurcación.
La huella de la derecha seguía el curso del río para
ir hasta el paso de la Unión, a 4.750 mts., y, de ahí,
a la quebrada de Llanganuco, en un periplo que recorre aproximadamente
70 kilómetros en 5 días y que es el más apetecido
por los excursionistas. Nosotros seguimos el de la izquierda, que
nos llevaría al campamento base del Alpamayo y, de ahí,
a una aventura que duró siete días.
Pero nos fue mal, porque un severo y rebelde
resfriado le terminó de pasar la cuenta a Patricia y nos
hizo devolvernos cuando ya llevábamos 500 metros de escalada
en una montaña aledaña al Alpamayo que también
queríamos ascender. Pero no importa, son gajes del oficio.
Adicción
Entre tantas idas y venidas, ya habían
pasado dos meses y el período de lluvias estaba por llegar,
así que bajamos rápidamente a Huaraz para arreglar
nuestras cosas y preparar nuestro regreso a Chile.
Lo curioso es que mientras subíamos al
bus que nos llevaría a Lima, agotados y más que saturados
de tanta caminata, ya estábamos discutiendo lo que haríamos
el próximo año. Una conversación sazonada con
nuevos vocablos quechuas difíciles de decir e imposibles
de recordar.
Definitivamente, un lugar que genera adicción
y que para los chilenos está al alcance de la mano. Y del
bolsillo.
Rodrigo Fica
DATOS PRÁCTICOS
Clima
La temporada sin lluvias se extiende entre Mayo y Octubre, pero
Junio-Agosto es el mejor período. En esas fechas la temperatura
máxima es de 25° C, con días soleados, noches
frías y lluvias ocasionales.
Actividades
Paseos por el día: el Museo Arqueológico en Huaraz,
los baños termales de Monterrey, las ruinas prehispánicas
en Chavín de Huantar y la excursión sobre el glaciar
de Pastoruri.Algunas caminatas clásicas: Huayhuash (165
kms., 15 días), Quebrada Honda (88 kms., 7 días),
Rajucolta (33 kms., 3 días), Ishinca (32 kms., 2 días),
Churup (19 kms., 2 días), Quilcayhuanca-Cayesh (17 kms.,
2 días).Parapente se puede hacer en la Cordillera Negra
y en Pan de Azúcar, cerca de Yungay. Escalada deportiva
en Monterrey. Canotaje y rafting en el Río Santa Cruz.
Bicicleta de montaña en todas partes.
Transporte
Huaraz se localiza a 400 kilómetros al noroeste de Lima.
Se llega a través de una carretera asfaltado en un viaje
de 8 horas. Hay diversas líneas de recorrido: Ormeño,
Movil Tours, Rodríguez, Cruz del Sur y otras (US$ 10).
Para desplazarse a través del Callejón de Huaylas
existen furgones baratos (US$ 1 para Caraz-Huaraz, 66 kilómetros),
pero incómodos. En las ciudades, cualquier carrera de taxi
cuesta US$ 0.6. Restaurantes
Variados precios y ofertas. Hay menús por US$ 1, pero por
US$ 2 se puede comer bien. Los más caros pueden llegar
a costar US$ 5. Hay restaurantes de comida criolla, italiana,
china, vasca y árabe. Entendiendo que hay otros establecimientos
notables, en mi opinión, el mejor restaurante es El
Rinconcito del Minero donde el consumo da derecho a ver
una película a elección (más de 300 títulos).
Alojamientos
Amplia variedad. Desde piezas comunes con baños compartidos
hasta hoteles en regla. Algunas opciones: Residencial NG (excelente
desayuno), La Casa de Zarela (habitual de los montañistas),
Residencial Churup (buen servicio y limpio), Hotel Andino (quizás
el mejor de la ciudad).
Otros
Dijaes (internet banda ancha, Jr. Simón Bolívar
765, US$ 1), Monttrek (turismo aventura, Luzuriaga 646, segundo
piso), Tambo (discoteca, Jr. José de la Mar 776), Amadeus
(pub-disco, Parque Ginebra), Casa de los Guías (información
rutas y circuitos, Parque Ginebra 28-G).
|