 Luis
Azúa,
El Turista Investigador
Texto: Rodrigo Fica Fotografía: Carla Pinilla
Este chileno, radicado en Francia, es un experto
en turismo relacionado con el Extremo Oriente. Como mochilero, excursionista,
guía o investigador, ha recorrido sus principales puntos
de interés, desde caminatas en el Himalaya y la Ruta de la
Seda, hasta investigaciones sobre desaparecidas misiones católicas
en Indochina. Además dio la vuelta al mundo, periplo que
le tomó 28 meses y que lo llevó por 56 países,
entre ellos exóticos destinos como Irán, Birmania,
Laos, Sri Lanka o Vietnam.
Luis Azúa (48) es Licenciado y Magíster
en Historia, con estudios en Chile y Francia. Ha estado 11 veces
en Pakistán, 10 en Vietnam, 8 en Laos, 4 en Camboya y otras tantas
en Birmania, Indonesia, India y Uzbekistán. Su experiencia personal
lo llevó a convertirse en Guía, trabajo que lo hace recorrer frecuentemente
China, Nepal y los Himalayas. Además, le gusta visitar los grandes
campos de batalla del mundo y fue testigo presencial de los cambios
que la globalización produjo en las diferentes culturas orientales.
Al conversar, de su relato surgen rápido nombres extraños y experiencias
poco comunes que demuestran que se lo conoce todo.
Aprovechando su paso por Chile, nos habla ahora de sus impresiones,
recuerdos y dificultades cuando viajaba por un mundo bien distinto
al actual.
Al repasar la historia de tus viajes, salta
a la vista la intensa preparación cultural que hay tras ellos.
Así es. Para mí todo gira en
torno a un imaginario, esa idea confusa que tenemos de cómo
es un lugar aún sin haberlo visitado. Contrastar después
esa imagen con la realidad me entrega un goce difícil de
explicar. Por eso antes de ir algún destino, leo e investigo.
Por darte un ejemplo, en el caso de China, películas como
"55 días en Pekín", o "La Cañonera
del Yangste" me dieron una imagen de una nación que
quizás hoy ya no existe, pero que yo aún inconscientemente
busco a través de mis itinerarios de aventura.
Repasemos algunos viajes. ¿Cuándo
fue tu primera visita a Nepal?
En 1978. Yo estaba estudiando en la Universidad
de Paris y trabajaba en mis tiempos libres. Al año descubrí
que ya había ahorrado lo suficiente como para viajar a algún
lugar lejano y me puse a ver catálogos. En una página
vi la palabra "Kathmandú", no lo pensé más
y me fui.
Hace 25 años atrás.
¡No puedes imaginarte cuán diferente
era!. Fue un shock. Nosotros veníamos del tipo de ciudad
clásica de Europa, limpia y silenciosa, y al bajarnos en
Thibhuvan, después de 38 horas de vuelo, llegamos al desorden
hecho realidad; anarquía, suciedad, olores rancios. Recuerdo
que después de un viaje a Pokhara, el Santuario del Annapurna,
decidí regresarme a Francia.
Pero, una tarde, estaba sentado en las escalas
del templo principal de Durbar Square, oyendo los cymbalos, los
cantos religiosos y las melodías hindúes... y, de
repente, me rendí a su magia espiritual, tan diferente a
nuestros cánones. Quedé prendado para siempre.
También hiciste las caminatas al Everest.
Sí. En múltiples oportunidades.
Al Khumbu, que se accede por Nepal, fui por primera vez en 1978,
mochileando solo. Me demoré seis días en llegar y
me emocionó su soledad. Considera que en aquel entonces no
había nada de turismo. Por ejemplo, en Kala Pattar sólo
me topé con cinco personas, pero la última vez que
estuve ahí ya habían más de seiscientas...
¿Conoces también el otro campo
base, el Rongbuk?
He ido varias veces, pero el recuerdo más
nítido que tengo es el de ir caminando y encontrarme un sobre
de comida que tenía colores sospechosamente conocidos. ¡Era
sopa chilena!, de carne con verduras. ¡Tate!, me dije, debe
ser de la expedición de la UC, grupo que se había
ido como unos diez días antes. Soy re-cachurero, así
es que me lo guardé... y aún lo tengo en mi casa.
¿Cuántas veces has ido a China?
Veinte. ¡Es que me fascina mucho!. La
primera vez fue en 1983; el último, el año pasado.
Nunca me aburre ir, porque, pese a que es un país moderno
donde la globalización ha hecho su efecto, aún hoy
sobreviven los Hutong, esos típicos barrios chinos que se
ven en las películas.
Asumo que conoces la Ruta de la Seda.
Está de moda ¿no?. La hice en
tres viajes diferentes. Partí por los desiertos de Taklamakan
y Gobi, después llegué hasta la frontera iraquí
por Siria y, en el tercer viaje, visité Irán y Uzbequistán.
Por motivos obvios, aún no he podido completar la parte correspondiente
a Irak.
Recorriste Indochina.
Sí, también en varias ocasiones,
pero el más importante fue el que hice en 1993, cuando realicé
una búsqueda de las misiones católicas que habían
partido hacia el Tíbet por Vietnam, en el siglo antepasado.
De eso si que no sabía nada.
Viene de la época cuando los franceses
se instalaron en los delta de los ríos Rojo y Mekon, desde
donde comenzaron una penetración comercial que alcanzó
hasta el Tíbet. Un gran logro para la época, porque
estamos hablando de 1830. Allí tuvieron conflictos con los
lamas tibetanos, pero pudieron instalar varias misiones en la zona
y llegaron a convertir a 18.000 personas, montañeses animistas
la mayoría de ellos.
¿Y cómo te fue en tu investigación?
Recorrí en cinco semanas los ríos
que bajan del Himalaya, entre Birmania y China. Encontré
iglesias exquisitas, con porcelanas francesas, estatuas del Sagrado
Corazón, revistas occidentales, ¡libros de misa que
databan de 1894!. Incluso, los que me veían llegar pensaban
que yo era un nuevo misionero. Por mi barba.
¿Algún hobby?
Colecciono aguas de grandes ríos del
mundo. Tengo el Yangtsé, el Nilo, el Ob, el Eufrates y otros.
Los guardo en una botellas chicas... y ahí se ve lo bien
contaminadas que están algunas.
También leo bastante de historia militar
y he visitado los grandes campos de batalla del mundo: El Alamein,
Waterloo, Gallípoli, el Estrecho de los Dardanelos, algunos
en Vietnam... Me falta conocer Little Big Horn, donde murió
el General Custer.
¿Exactamente cuáles conoces en
Vietnam?
El Dien Bien Phu, y también Khe Sanh.
En este último se me acercó un niñito y me
ofreció algunos "souvenirs" de los marines. En
su mano traía balas, condecoraciones y una placa de soldado.
Miré el nombre que había en ésta y vi que era
latino.
Esto me perturbó. Quizás por
eso la compré, y talvez por eso fui, dos años después,
al Vietnam War Memorial, en Washington, al muro donde están
los nombres de los soldados que murieron en ese conflicto. Pero
encontré diez apellidos iguales y tuve que ir al Smithsonian
y después al Museo Naval de Anacostia antes de dar con la
dirección de un pequeño poblado en Texas. Les escribí,
pero no tuve respuesta.
Eso deja esta historia inconclusa porque quiero
ir a este lugar y saber quien era ese joven. Un esfuerzo que sólo
intenta mitigar algo del dolor que nos hemos infringido como seres
humanos.
¿No es delito quedarse con la placa?
Tengo entendido que no. Incluso en Saigón,
en el mercado de Cholon, había un tipo que vendía
corazones púrpuras a un dólar cada uno. Debe haberle
ido bien porque dos años después ya no le quedaban...
Macabro tema, ¿no?.
¿Nunca tuviste algún tipo de
apremios físicos?
¡Oh!, sí, varios. En 1986, cerca
de Xinjiang, la policía nos detuvo sin cargos específicos,
con violencia verbal y física. Sólo haciendo uso de
mucho tacto pudimos hacer que nos liberaran, ¡no sin antes
firmar un documento reconociendo nuestra culpa!.
Otra fue en el 2000 cuando me detuvieron en
Taschkent, la capital de Uzbekistán, al norte de Afghanistan,
debido a que la policía pensaba que era un Talibán.
¿Alguna otra?
En Daheyon, la estación ferroviaria
de Turfan. China. Éramos cuatro, dos chilenos, un canadiense
y un suizo. Debido a un malentendido con un pasaje, se produjo un
altercado, y el suizo tuvo la mala ocurrencia de bloquear a la mujer
que nos estaba atendiendo. Nada violento, pero con algo de contacto
físico.
Error. Cómo resortes saltaron las siete
mujeres que estaban atendiendo y empezaron a pegarnos con las manos
y luego con los ábacos, gritando como chinas. Ahí
empezaron los puñetazos. Yo me metí a separarlos pero
igual recibí lo mío. Hasta que al rato llegó
la policía y ni te cuento el lío que se armó.
Vuelta a firmar reconociendo nuestra culpa.
¿Podrías compartir con nosotros
algunos de tus momentos más memorables?
¡Uf! Difícil elección.
Uno de ellos tendría que ser cuando tomaba té en un
balcón, en Isfahan, Irán, frente a dos mezquitas,
una postal perfecta, salida de "Las Mil y Una Noches".
Otra sería un atardecer contemplando las ruinas de Palmira,
en Siria, viendo a los beduinos y sus camellos prendiendo sus fogatas.
¡Por supuesto!, no puedo dejar afuera
de esta lista cuando acampé solo al borde del cráter
del Volcán Snaeffel.
El de Verne.
El mismo. Y lo hice escuchando "Viaje
al Centro de la Tierra" de Rick Wakeman. ¡Qué
volada!, ¿no?.
Ahora que lo pienso, eso me lleva a otro,
cuando reviví lo que Neruda describió en un poema
que habla del Río Irrawady en Myanmar, la otrora Birmania.
¿Sabías que Neruda fue Cónsul allí?
No. Ni idea.
Sí. Y además lo fue en Ceilán,
la actual Sri Lanka. También traté de encontrar la
casa donde había vivido, pero los problemas étnicos
entre los singaleses y los tamules no me permitieron entrar a Wellagata.
¿En que estás hoy?
Estoy preparando un viaje por el Transiberanio.
Laboralmente hablando, desde hace 14 años trabajo para un
operador turístico en Francia, a cargo de la producción
de itinerarios de aventura. Pega de escritorio, pero nunca dejo
de guiar grupos, especialmente si vienen hacia Chile.
Turísticamente hablando ¿qué
es lo que más resalta de nuestro país?
Lejos, el lugar más importante es Patagonia.
Es un nombre mágico; es como decir "Mongolia",
o "Siberia". El norte de Chile también es importante,
aunque el fenómeno es más reciente y está asociado
con los circuitos que se hacen en el sur de Bolivia.
¿Y otras zonas?
Isla de Pascua funciona. Y estamos trabajando
en Chiloé, lugar a cuyo desarrollo turístico le tengo
mucha, mucha fe. Y créeme, algún día se le
considerará la Irlanda de América.
Rodrigo Fica
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