El Valle del Silencio
Enclavado en el corazón mismo del Parque Nacional Torres del Paine,
existe un pequeño circo de montañas y hielos que ha pasado desapercibido
para la mayor parte de los excursionistas. A tan sólo dos días de
marcha, guarda uno de los paisajes más puros e intocados que el
visitante podrá observar jamás...
Me gusta volar en avión. El ruido monocorde
de los motores induce a meditar y a dejarse llevar por pensamientos
que nos llegan mientras el sueño nos ronda. Y si a esto le agregamos
varias noches previas de poco dormir, la somnolencia será notable. 
Así, con los ojos apenas abiertos, vislumbro el paisaje que se aprecia por la ventanilla, allá abajo en la Patagonia. Vamos hacia el Valle del Silencio, lugar que conocí tres años atrás y que me produjo un extraño encantamiento. Junto con Darío Arancibia intentaremos escalar El Escudo, una enorme y difícil pirámide de roca de 2.400 metros de altitud que se yergue sobre glaciares de complicado acceso.
En rigor, el Valle del Silencio es un anfiteatro
glacial rodeado por las más famosas montañas de la Patagonia chilena.
Es más bien angosto y con un sólo acceso posible: la cuenca del
Río Ascencio, localizado en el Parque Nacional Torres del Paine.
Deberemos internarnos por un sendero peatonal que parte desde La
Hostería Las Torres y remonta el curso de este río pasando por varios
campamentos.
Un leve sobresalto del aparato me distrae; el avión está iniciando las maniobras de descenso sobre Punta Arenas. Está muy nublado y no logro ver la superficie. Probablemente está lloviendo, lo que no debiera ser ninguna novedad dado que el mal clima es una constante.
La razón es bien conocida: del Pacífico llegan
veloces vientos que son enfriados por un gigantesco campo de hielo
antes de llegar al continente. Luego, libres de obstáculos, chocan
frontalmente contra las mayores alturas del macizo del Paine, generando
abundante lluvia y nieve. Pero es el viento el principal agente
modelador del paisaje: rápido, violento, constante, es el verdadero
rey de este caos climático.
En fin, fugazmente pasamos por las ciudades de Punta Arenas y Puerto Natales realizando compras y afinando los detalles de nuestro viaje. Tres días después, llegamos a la garita de control ubicada en Laguna Amarga en el Parque Nacional Torres del Paine. Un guarda se sube a nuestro bus para darnos la bienvenida y entregar algunas instrucciones generales.
Torres del Paine es tal vez el más famoso parque natural de toda Sudamérica, transformándose en un punto de recorrido obligatorio para quienes visitan este continente. Está administrado por la Corporación Nacional Forestal, organismo técnico dependiente del Ministerio de Agricultura de Chile, y cuya principal función es la de proteger las áreas silvestres chilenas.
El guardaparque termina de hablar; un extranjero hace desesperados esfuerzos para llamar su atención porque no ha entendido nada. Para su fortuna, entra al bus una voluntaria de Conaf que repite las mismas instrucciones, pero en inglés y alemán.
Esto de las voluntarias es algo reciente. Siempre carente de los recursos necesarios, Conaf ha aceptado la colaboración de extranjeros que desean participar en las diversas labores de mantención, investigación y apoyo que debe realizar Conaf en el Parque. El trabajo es duro y no remunerado, aunque se les facilita vestimenta, alimentación y alojamiento.
Me bajo del bus y en la cabaña de recepción me identifico como escalador. Para nosotros el trámite es distinto; es necesario registrarse en el Centro Administrativo y pagar un permiso especial: US$ 100 para extranjeros y US$ 50 para los chilenos, por persona.
Después de cumplir estas formalidades llego a
la Hostería Las Torres, donde termina el camino vehicular y empieza
el sendero que se adentra en las montañas hasta llegar al Valle
del Silencio. Tomo mi mochila y comienzo la caminata; voy solo,
pues Darío partió antes junto con los caballos que contratamos para
llevar nuestra carga. Cruzo un puente colgante de madera y subo
por las pendientes iniciales del camino, que resultaron ser las
más agotadoras de todo el sendero. Cuarenta minutos después la pendiente
cede y se alcanza un mirador natural que invita a detenerse un momento
para respirar y observar el magnífico escenario. 
Inspiro suavemente el aire frío y continúo. A
partir de este punto el camino es mucho menos pronunciado y permite
disfrutar el entorno. Luego de media hora, se accede al Campamento
Chileno, actualmente en desuso dada la cercanía del Campamento Torres
y la existencia de una cabaña recién construida y que cuenta con
todas las comodidades de un hotel rústico y pequeño.
Me detengo a observarlo detenidamente. En Chile no es habitual encontrar refugios de alta montaña como los que existen en Europa, lo que aún permite tener lugares muy poco impactados; pero esta casa es una muestra de los futuros cambios que se realizarán en el Parque producto de la masificación del turismo aventura.
Avanzo unos metros y entro por primera vez al bosque de Lengas y Ñirres. Es maravilloso: cerrado, tupido, húmedo, lleno de vida y alegría; aunque hace frío, es cálido. La caminata se hace agradable pues la huella es clara y serpentea elegantemente los obstáculos naturales y los pequeños arroyos que lo cruzan. Cada cierto trecho encuentro a algún caminante con quien intercambio un saludo.
Una hora después, el sendero sale abruptamente del bosque para entrar en el enorme pedegral que delata la presencia cercana de un glaciar. Es lo que se conoce como "morrena"; enormes extensiones de piedras dejadas por el retroceso de un pretérito glaciar.
Aquí la huella se divide en dos: uno va hacia el Mirador y el otro se dirige hacia el Valle del Silencio. Al primero se accede después de subir media hora por la morrena y permite obtener una visión completa de las Torres del Paine, que estrictamente hablando son tres: Torre Norte, Torre Central y Torre Sur o Agostini.
Dadas las dificultades de estas verticales paredes de granito, los ascensos sólo se pueden realizar en los períodos de buen tiempo. Como éstos son breves, escasos y muy difíciles de predecir, los escaladores deben permanecer semanas y semanas en los campamentos habilitados en los bosques, capeando el temporal y cultivando obligatoriamente la virtud de la paciencia. Sin importar el origen, la edad e incluso la condición social, los montañistas se reúnen día tras día para conversar, comer y dormir en una cabaña, en torno a una cálida fogata.
Esta interacción social es fascinante; las horas
transcurren lentamente y no hay nada que hacer, salvo esperar. La
conversación fluye fácil y se habla de todo: montañas, dinero, mujeres,
en fin, de la vida misma. Esto invita a la reflexión y a la tranquilidad,
estupendo ejercicio en un mundo demasiado agitado y sin espacios
ni tiempos para meditar. Esto dura hasta que, de repente, el día
menos esperado, el viento amaina y las nubes desaparecen. Es entonces
cuando se desata una actividad febril en el campamento, mientras
se recoge el equipo y se arman las mochilas. En ocasiones, aparte
de la natural ansiedad, existe mucha presión para escalar pues muchos
saben que ésta probablemente es LA oportunidad que tienen para tener
éxito en sus planes. 
He llegado al Campamento Torres en uno de los
períodos de calma. Un grupo de escaladores italianos conversa tranquilamente
mientras un poco más lejos algunos excursionistas cocinan algo.
Se aprecian distintas carpas en medio del bosque.
Me sorprende cuanto ha crecido la zona habilitada para acampar; Conaf ha tenido que destinar a un guardaparque a tiempo completo para mantener el control y el cuidado del medio ambiente. Precisamente veo que Darío está conversando con él. Al acercarme lo reconozco; es un viejo conocido y nos abrazamos alegremente.
Dada la latitud donde nos encontramos, tenemos diecisiete horas de luz diarias para nuestras actividades, pero hoy ya se hace de noche, así que inmediatamente nos despedimos del guardaparque y continuamos con Darío.
Pasamos al lado de varias tiendas; el 95% de los visitantes no continúan por el sendero que lleva hasta el Campamento Japonés, a una hora de distancia. Duermen una noche en este sitio, visitan después el Mirador y regresan a Laguna Amarga inmediatamente. Creo que es un error; visitar el Valle del Silencio requeriría un día más de estadía, pero bien vale la pena.
Dejando atrás el Torres, no puedo evitar mirar hacia atrás y recordar que la última vez que estuve en este lugar salí con un brazo fracturado y un amigo semi-inválido, señales que nos recuerdan que el alpinismo es un deporte riesgoso.
Con las últimas luces del día llego al Campamento Japonés. Es un pequeño claro a orillas del río en medio del bosque. En el centro, aún están los restos calcinados de lo que fuera una cabaña. La temporada anterior, un incendio accidental la destruyó, en un incidente que pudo tener funestas consecuencias si hubiese alcanzado a los árboles circundantes.
Precisamente, los incendios forestales han resultado ser un grave problema para la conservación del medio ambiente en el Parque. Cada temporada más y más visitantes entran a los delicados ecosistemas y no todos tienen el cuidado que se requiere. Siempre se están contando incidentes acerca del tema, como aquel tragicómico del excursionista que fue al baño y quiso quemar su papel higiénico para no dejar rastro alguno, pero el viento se lo arrebató cuando ya estaba prendido y generó un incendio de grandes proporciones.
Desconozco si será verdad, pero la conclusión
es obvia. Es imperativo regresar con toda la basura que cada persona
genera. 
En el campamento encuentro a un grupo de españoles que llevan un mes sin escalar debido al mal tiempo; también veo a una pareja de estadounidenses. Luego, con el transcurso de los días llegarían dos españoles, un brasileño, un mexicano, tres ingleses, dos franceses y varios chilenos. La fiesta comenzaba.
Camino algunos metros más y busco un buen lugar para colocar mi carpa. Si bien éste será nuestro campamento base por un mes, la mayor parte del tiempo estaremos en una cueva de nieve localizada a los pies de la ruta, a unas 6 o 7 horas de marcha desde aquí.
Los siguientes tres días nos dedicamos a habilitar nuestro campamento y a organizar los 300 kilos de equipo que hemos traído. Hay de todo: mucha comida, dos carpas, algunos libros, combustible y nuestro infaltable equipo de escalada. Al cuarto día tenemos planificado ascender hasta el pie de la ruta para instalar la cueva de nieve.
Ese día, el despertador ha sonado alrededor de la 4 A.M. No deseo levantarme y demoro inútilmente la agonía, pero Darío está muy motivado y siento como se viste y sale a preparar el desayuno. No tengo alternativa.
Amanece lentamente y sólo se escucha el ruido de la cocinilla al calentar el agua. Con el cerebro embotado por el sueño, me nace la curiosidad por saber si la vista del Valle del Silencio es realmente impactante o si mi bello recuerdo ha sido exagerado con el paso de los años.
Iniciamos la marcha en medio de un día amenazante. Ha llovido toda la noche y los árboles están mojados. A medida que avanzo, las ramas vierten su carga de humedad sobre mi chaqueta y me hacen sentir parte de ellos. El bosque termina un poco más allá, donde otra morrena ha detenido momentáneamente el avance de la vegetación. 
Ahora, camino por laderas de piedra donde la
huella aún es clara. Como hoy ha sido un día con mal clima, nadie
está escalando y somos los únicos moviéndonos en el Valle. Dos horas
después, llegamos al vívac Bonington, un hueco que se forma entre
dos enormes piedras y que en ocasiones se utiliza como campamento
de ataque.
Ya en este lugar, el sendero tiende a perderse,
lo que se puede transformar en un incentivo para no continuar. Sin
embargo, con un poco de intuición aún es posible avanzar veinte
minutos más hasta llegar al fin del camino, justo donde baja un
canalón que desciende del collado que se forma entre la Torre Central
y la Torre Norte. Es aquí donde se puede apreciar el Valle del Silencio
en todo su esplendor.
Mi recuerdo no era exagerado: el panorama es increíble.
Recorro de izquierda a derecha las montañas que
me circundan: el Peineta, la Torre Norte, la Torre Central, la Torre
Agostini, el Fortaleza, el Escudo. Entre ellos, grandes y quebrados
glaciares que confluyen en una morrena central, a partir del cual
nace el Río Ascencio.
Hoy corre bastante viento, pero si el excursionista ha sido afortunado y le toca un día calmo, podrá entender el porqué del nombre de este valle. Pero también es una exageración, pues continuamente avalanchas y rodados de piedra caen con gran estruendo hacia la morrena central, sintiéndose como las ondas sonoras rebotan una y otra vez en las paredes del Valle. No hay nada que temer, el mirador es un lugar amplio y seguro, lejos de todos estos eventos.
Llega Darío a mi lado y se suma a mi serena contemplación. Nos quedamos un buen rato disfrutando la vista de este tan hermoso lugar y luego continuamos camino hacia nuestras montañas.
Aquí acaba el texto que tenía escrito en mi pequeña
libreta. La encontré de casualidad ayer, cinco meses después de
haber hecho el viaje, en el fondo de un cajón que tenía pensado
ordenar y que, como tan habitualmente ocurre, quedó pronto olvidado. 
Si la narración está inconclusa fue sólo porque
no tuve tiempo ni disciplina para escribir lo que nos ocurrió después.
Pero para que se hagan una idea, les digo que tuvimos que cruzar
una y otra vez la morrena central, habilitamos una helada y claustrofóbica
cueva de nieve, dormimos en ella 15 días seguidos intentando la
ruta, subimos por un canalón de hielo, escalamos 120 metros en una
arista de roca y nos devolvimos cuando nos dimos cuenta que no teníamos
opción.
Transcurrido tanto tiempo, experimentando ahora las lluvias de mis inviernos, si me preguntaran qué es lo que más recuerdo de aquel viaje, curiosamente diría que es justo la última entrada de la bitácora, cuando con Darío nos quedamos contemplando tranquilamente el Valle del Silencio y todas su magníficas montañas. ¡Qué hermoso amanecer fue aquel!
Evocarla es lo que hizo prometer que algún día iba a regresar.
Rodrigo Fica
Punta
Arenas
Se puede acceder por mar y tierra,
aunque la opción preferencial es utilizar avión, ya sea desde Santiago
o bien desde Argentina. Existen varios vuelos diarios.
Punta Arenas-Puerto Natales
Son 246 kilómetros por una pista semi-asfaltada.
El trayecto se hace en bus, en un viaje de tres horas y media. Salidas
todos los días, varias frecuencias. Precio estimativo: $3.000 por
persona.
Puerto Natales-Laguna Amarga
Aproximadamente 110 kilómetros
de camino de tierra. Existen tres o cuatro líneas de transporte
regular con una salida diaria temprano en la mañana. Hay varias
entradas al Parque Nacional, pero para ir al Valle del Silencio
es necesario bajarse en la Guardería de Laguna Amarga, donde es
obligatorio registrarse y pagar la entrada. Precio estimativo del
pasaje : $7.500, ida y vuelta, por persona. La fecha de regreso
es abierta.
Laguna Amarga-Hostería Las Torres
Son 4 kilómetros por
un camino de tierra malo y angosto. Es posible hacerlo a pie o bien
tomar minibuses pertenecientes a la Hostería Las Torres. Precio
estimativo: $1.500 por persona. De la Hostería sale un sendero que,
sin interrupciones, llega hasta el Valle del Silencio, siguiendo
exactamente la cuenca del Río Ascencio. Se pasan los siguientes
campamentos:
Chileno: a dos horas de la Hostería. Prohibido acampar,
pero existe un refugio de primer nivel.
Torres: a una hora del Chileno.
Habilitado para acampar, gratuito. Conaf tiene personal permanente
con radio.
Japonés: a una hora del Chileno. Habilitado para
acampar. Gratuito. A partir de este punto, se accede al Valle del
Silencio en unas tres horas.
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