Rodrigo Fica: Valle del Silencio
Revista Travelling
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Bosques de lengas y ñirres en los alrededores del campamento Japonés
El Valle del Silencio                

Enclavado en el corazón mismo del Parque Nacional Torres del Paine, existe un pequeño circo de montañas y hielos que ha pasado desapercibido para la mayor parte de los excursionistas. A tan sólo dos días de marcha, remontando el cauce del río Ascencio, guarda uno de los paisajes más puros e intocados que la zona pueda ofrecer.
Texto y Fotografías: Rodrigo Fica
Noviembre 1998


Me gusta volar en avión. El ruido monocorde de los motores induce a meditar y a dejarse llevar por pensamientos que nos llegan mientras el sueño nos ronda. Y si a esto le agregamos varias noches previas de poco dormir, la somnolencia será notable.Algunas de las Torres del Paine vistas desde el Valle del Silencio. A la izquierda, las dos cumbres de la Torre Norte; a la derecha, la Torre Central
Así, con los ojos apenas abiertos, vislumbro el paisaje que se aprecia por la ventanilla, allá abajo en la Patagonia. Vamos hacia el Valle del Silencio, lugar que conocí tres años atrás y que me produjo un extraño encantamiento. Junto con Darío Arancibia intentaremos escalar El Escudo, una enorme y difícil pirámide de roca de 2.400 metros de altitud que se yergue sobre glaciares de complicado acceso.
En rigor, el Valle del Silencio es un anfiteatro glacial rodeado por las más famosas montañas de la Patagonia chilena. Es más bien angosto y con un sólo acceso posible: la cuenca del Río Ascencio, localizado en el Parque Nacional Torres del Paine. Deberemos internarnos por un sendero peatonal que parte desde La Hostería Las Torres y remonta el curso de este río pasando por varios campamentos.
Un leve sobresalto del aparato me distrae; el avión está iniciando las maniobras de descenso sobre Punta Arenas. Está muy nublado y no logro ver la superficie. Probablemente está lloviendo, lo que no debiera ser ninguna novedad dado que el mal clima es una constante.
La razón es bien conocida: del Pacífico llegan veloces vientos que son enfriados por un gigantesco campo de hielo antes de llegar al continente. Luego, libres de obstáculos, chocan frontalmente contra las mayores alturas del macizo del Paine, generando abundante lluvia y nieve. Pero es el viento el principal agente modelador del paisaje: rápido, violento, constante, es el verdadero rey de este caos climático.
En fin, fugazmente pasamos por las ciudades de Punta Arenas y Puerto Natales realizando compras y afinando los detalles de nuestro viaje. Tres días después, llegamos a la garita de control ubicada en Laguna Amarga en el Parque Nacional Torres del Paine. Un guarda se sube a nuestro bus para darnos la bienvenida y entregar algunas instrucciones generales. Torres del Paine es tal vez el más famoso parque natural de toda Sudamérica, transformándose en un punto de recorrido obligatorio para quienes visitan este continente. Está administrado por la Corporación Nacional Forestal, organismo técnico dependiente del Ministerio de Agricultura de Chile, y cuya principal función es la de proteger las áreas silvestres chilenas.
El guardaparque termina de hablar; un extranjero hace desesperados esfuerzos para llamar su atención porque no ha entendido nada. Para su fortuna, entra al bus una voluntaria de Conaf que repite las mismas instrucciones, pero en inglés y alemán.
Esto de las voluntarias es algo reciente. Siempre carente de los recursos necesarios, Conaf ha aceptado la colaboración de extranjeros que desean participar en las diversas labores de mantención, investigación y apoyo que debe realizar Conaf en el Parque. El trabajo es duro y no remunerado, aunque se les facilita vestimenta, alimentación y alojamiento. Me bajo del bus y en la cabaña de recepción me identifico como escalador. Para nosotros el trámite es distinto; es necesario registrarse en el Centro Administrativo y pagar un permiso especial: US$ 100 para extranjeros y US$ 50 para los chilenos, por persona.
Después de cumplir estas formalidades llego a la Hostería Las Torres, donde termina el camino vehicular y empieza el sendero que se adentra en las montañas hasta llegar al Valle del Silencio. Tomo mi mochila y comienzo la caminata; voy solo, pues Darío partió antes junto con los caballos que contratamos para llevar nuestra carga. Cruzo un puente colgante de madera y subo por las pendientes iniciales del camino, que resultaron ser las más agotadoras de todo el sendero. Cuarenta minutos después la pendiente cede y se alcanza un mirador natural que invita a detenerse un momento para respirar y observar el magnífico escenario.Arroyos de aguas claras y frías, cerca del campamento Japonés
Inspiro suavemente el aire frío y continúo. A partir de este punto el camino es mucho menos pronunciado y permite disfrutar el entorno. Luego de media hora, se accede al Campamento Chileno, actualmente en desuso dada la cercanía del Campamento Torres y la existencia de una cabaña recién construida y que cuenta con todas las comodidades de un hotel rústico y pequeño.
Me detengo a observarlo detenidamente. En Chile no es habitual encontrar refugios de alta montaña como los que existen en Europa, lo que aún permite tener lugares muy poco impactados; pero esta casa es una muestra de los futuros cambios que se realizarán en el Parque producto de la masificación del turismo aventura.
Avanzo unos metros y entro por primera vez al bosque de Lengas y Ñirres. Es maravilloso: cerrado, tupido, húmedo, lleno de vida y alegría; aunque hace frío, es cálido. La caminata se hace agradable pues la huella es clara y serpentea elegantemente los obstáculos naturales y los pequeños arroyos que lo cruzan. Cada cierto trecho encuentro a algún caminante con quien intercambio un saludo.
Una hora después, el sendero sale abruptamente del bosque para entrar en el enorme pedegral que delata la presencia cercana de un glaciar. Es lo que se conoce como "morrena"; enormes extensiones de piedras dejadas por el retroceso de un pretérito glaciar.
Aquí la huella se divide en dos: uno va hacia el Mirador y el otro se dirige hacia el Valle del Silencio. Al primero se accede después de subir media hora por la morrena y permite obtener una visión completa de las Torres del Paine, que estrictamente hablando son tres: Torre Norte, Torre Central y Torre Sur o Agostini.
Dadas las dificultades de estas verticales paredes de granito, los ascensos sólo se pueden realizar en los períodos de buen tiempo. Como éstos son breves, escasos y muy difíciles de predecir, los escaladores deben permanecer semanas y semanas en los campamentos habilitados en los bosques, capeando el temporal y cultivando obligatoriamente la virtud de la paciencia. Sin importar el origen, la edad e incluso la condición social, los montañistas se reúnen día tras día para conversar, comer y dormir en una cabaña, en torno a una cálida fogata.
Esta interacción social es fascinante; las horas transcurren lentamente y no hay nada que hacer, salvo esperar. La conversación fluye fácil y se habla de todo: montañas, dinero, mujeres, en fin, de la vida misma. Esto invita a la reflexión y a la tranquilidad, estupendo ejercicio en un mundo demasiado agitado y sin espacios ni tiempos para meditar. Esto dura hasta que, de repente, el día menos esperado, el viento amaina y las nubes desaparecen. Es entonces cuando se desata una actividad febril en el campamento, mientras se recoge el equipo y se arman las mochilas. En ocasiones, aparte de la natural ansiedad, existe mucha presión para escalar pues muchos saben que ésta probablemente es LA oportunidad que tienen para tener éxito en sus planes.El Campamento Japonés. Se localiza en medio de un bosque de Lengas y Ñirres donde queda muy protegido del viento. En primer plano, un refugio o reparo, donde los montañistas cocinan y comen a a espera del buen tiempo
He llegado al Campamento Torres en uno de los períodos de calma. Un grupo de escaladores italianos conversa tranquilamente mientras un poco más lejos algunos excursionistas cocinan algo. Se aprecian distintas carpas en medio del bosque.
Me sorprende cuanto ha crecido la zona habilitada para acampar; Conaf ha tenido que destinar a un guardaparque a tiempo completo para mantener el control y el cuidado del medio ambiente. Precisamente veo que Darío está conversando con él. Al acercarme lo reconozco; es un viejo conocido y nos abrazamos alegremente.
Dada la latitud donde nos encontramos, tenemos diecisiete horas de luz diarias para nuestras actividades, pero hoy ya se hace de noche, así que inmediatamente nos despedimos del guardaparque y continuamos con Darío.
Pasamos al lado de varias tiendas; el 95% de los visitantes no continúan por el sendero que lleva hasta el Campamento Japonés, a una hora de distancia. Duermen una noche en este sitio, visitan después el Mirador y regresan a Laguna Amarga inmediatamente. Creo que es un error; visitar el Valle del Silencio requeriría un día más de estadía, pero bien vale la pena.
Dejando atrás el Torres, no puedo evitar mirar hacia atrás y recordar que la última vez que estuve en este lugar salí con un brazo fracturado y un amigo semi-inválido, señales que nos recuerdan que el alpinismo es un deporte riesgoso. Con las últimas luces del día llego al Campamento Japonés. Es un pequeño claro a orillas del río en medio del bosque. En el centro, aún están los restos calcinados de lo que fuera una cabaña. La temporada anterior, un incendio accidental la destruyó, en un incidente que pudo tener funestas consecuencias si hubiese alcanzado a los árboles circundantes.
Precisamente, los incendios forestales han resultado ser un grave problema para la conservación del medio ambiente en el Parque. Cada temporada más y más visitantes entran a los delicados ecosistemas y no todos tienen el cuidado que se requiere. Siempre se están contando incidentes acerca del tema, como aquel tragicómico del excursionista que fue al baño y quiso quemar su papel higiénico para no dejar rastro alguno, pero el viento se lo arrebató cuando ya estaba prendido y generó un incendio de grandes proporciones.
Desconozco si será verdad, pero la conclusión es obvia. Es imperativo regresar con toda la basura que cada persona genera.El Valle del Silencio y algunas de sus montañas. De izquierda a derecha, el Fortaleza, el Escudo y parte del Tridente
En el campamento encuentro a un grupo de españoles que llevan un mes sin escalar debido al mal tiempo; también veo a una pareja de estadounidenses. Luego, con el transcurso de los días llegarían dos españoles, un brasileño, un mexicano, tres ingleses, dos franceses y varios chilenos. La fiesta comenzaba.
Camino algunos metros más y busco un buen lugar para colocar mi carpa. Si bien éste será nuestro campamento base por un mes, la mayor parte del tiempo estaremos en una cueva de nieve localizada a los pies de la ruta, a unas 6 o 7 horas de marcha desde aquí.
Los siguientes tres días nos dedicamos a habilitar nuestro campamento y a organizar los 300 kilos de equipo que hemos traído. Hay de todo: mucha comida, dos carpas, algunos libros, combustible y nuestro infaltable equipo de escalada. Al cuarto día tenemos planificado ascender hasta el pie de la ruta para instalar la cueva de nieve.
Ese día, el despertador ha sonado alrededor de la 4 A.M. No deseo levantarme y demoro inútilmente la agonía, pero Darío está muy motivado y siento como se viste y sale a preparar el desayuno. No tengo alternativa.
Amanece lentamente y sólo se escucha el ruido de la cocinilla al calentar el agua. Con el cerebro embotado por el sueño, me nace la curiosidad por saber si la vista del Valle del Silencio es realmente impactante o si mi bello recuerdo ha sido exagerado con el paso de los años.
Iniciamos la marcha en medio de un día amenazante. Ha llovido toda la noche y los árboles están mojados. A medida que avanzo, las ramas vierten su carga de humedad sobre mi chaqueta y me hacen sentir parte de ellos. El bosque termina un poco más allá, donde otra morrena ha detenido momentáneamente el avance de la vegetación.La magnífica pared este del Escudo, vista en el amanecer del día que nos retiramos
Ahora, camino por laderas de piedra donde la huella aún es clara. Como hoy ha sido un día con mal clima, nadie está escalando y somos los únicos moviéndonos en el Valle. Dos horas después, llegamos al vívac Bonington, un hueco que se forma entre dos enormes piedras y que en ocasiones se utiliza como campamento de ataque.
Ya en este lugar, el sendero tiende a perderse, lo que se puede transformar en un incentivo para no continuar. Sin embargo, con un poco de intuición aún es posible avanzar veinte minutos más hasta llegar al fin del camino, justo donde baja un canalón que desciende del collado que se forma entre la Torre Central y la Torre Norte. Es aquí donde se puede apreciar el Valle del Silencio en todo su esplendor.
Mi recuerdo no era exagerado: el panorama es increíble.
Recorro de izquierda a derecha las montañas que me circundan: el Peineta, la Torre Norte, la Torre Central, la Torre Agostini, el Fortaleza, el Escudo. Entre ellos, grandes y quebrados glaciares que confluyen en una morrena central, a partir del cual nace el Río Ascencio.
Hoy corre bastante viento, pero si el excursionista ha sido afortunado y le toca un día calmo, podrá entender el porqué del nombre de este valle. Pero también es una exageración, pues continuamente avalanchas y rodados de piedra caen con gran estruendo hacia la morrena central, sintiéndose como las ondas sonoras rebotan una y otra vez en las paredes del Valle. No hay nada que temer, el mirador es un lugar amplio y seguro, lejos de todos estos eventos.
Llega Darío a mi lado y se suma a mi serena contemplación. Nos quedamos un buen rato disfrutando la vista de este tan hermoso lugar y luego continuamos camino hacia nuestras montañas.
* * *
Aquí acaba el texto que tenía escrito en mi pequeña libreta. La encontré de casualidad ayer, cinco meses después de haber hecho el viaje, en el fondo de un cajón que tenía pensado ordenar y que, como tan habitualmente ocurre, quedó pronto olvidado.Vistas inéditas de las Torres del Paine, obtenidas desde nuestra cueva de nieve. De izquierda a derecha: las cumbres del Peineta, las cimas gemelas de la Torre Norte, la Torre Central y la Torre Sur. Todo este cordón forma el costado izquierdo del Valle del Silencio
Si la narración está inconclusa fue sólo porque no tuve tiempo ni disciplina para escribir lo que nos ocurrió después. Pero para que se hagan una idea, les digo que tuvimos que cruzar una y otra vez la morrena central, habilitamos una helada y claustrofóbica cueva de nieve, dormimos en ella 15 días seguidos intentando la ruta, subimos por un canalón de hielo, escalamos 120 metros en una arista de roca y nos devolvimos cuando nos dimos cuenta que no teníamos opción.
Transcurrido tanto tiempo, experimentando ahora las lluvias de mis inviernos, si me preguntaran qué es lo que más recuerdo de aquel viaje, curiosamente diría que es justo la última entrada de la bitácora, cuando con Darío nos quedamos contemplando tranquilamente el Valle del Silencio y todas su magníficas montañas. ¡Qué hermoso amanecer fue aquel! Evocarla es lo que hizo prometer que algún día iba a regresar.
Rodrigo Fica